Sanidad y asistencia en Estella

 

Este trabajo es una aproximación histórica a la sanidad y asistencia, tanto pública como privada, a lo largo de los siglos, no incluyendo lo creado a partir de la segunda mitad del siglo XX. En la primera parte trato de la evolución de estos aspectos desde el punto de vista general, como muestra de que en Estella se han seguido esas pautas, dedicando la segunda a los aspectos locales, para los que he utilizado información directa y la incluida en las obras “Historia de los obispos de Pamplona” e “Historia eclesiástica de Estella”, del historiador José Goñi Gaztambide.

 

Muchas culturas han desarrollado iniciativas para atender las necesidades asistenciales de las personas. Si nos limitamos al mundo occidental, en el siglo III a. C. los romanos confinaban a los esclavos viejos o enfermos en una isla del Tíber hasta que les llegaba la muerte. Lo dice Suetonio: «en esta isla de Esculapio, ciertos individuos exponían (abandonaban) a sus esclavos enfermos y medio muertos, debido a las molestias que significaba tener que cuidarlos». «El emperador Claudio, sin embargo –sigue Esculapio-, decretó que tales esclavos eran libres, y que si se curaban no volverían a estar bajo la autoridad de sus amos», por lo que la isla pasó a ser un lugar de refugio para todos los pobres que estaban enfermos (Historias de la Historia, de Carlos Fisas). La llegada del Cristianismo introdujo una mayor sensibilidad, y por los años 258 San Lorenzo juntó a gran número de enfermos y pobres que eran mantenidos y cuidados con las limosnas de su iglesia

 

 

Niños acogidos en la Santa Casa de Misericordia de Estella. El edificio de la derecha es el Hospital Ntra. Sra. de Gracia, y algo más arriba –no sale en la foto- estaba la Misericordia.

 

Pero para señalar una iniciativa que pueda ser mínimamente equiparable a lo que hoy conocemos como hospital, hay que remontarse al establecimiento de carácter filantrópico dedicado al cuidado de los enfermos que en el siglo IV d. C. fundó en Bizancio Basilio el Grande. En Roma, nos dice San Jerónimo (347-420), Fabiola, dama romana muy distinguida por su piedad, habilitó una casa de campo en la que reunió a pobres, enfermos y achacosos que antes estaban tendidos miserablemente por las plazas públicas.

Pobreza en la que «se caía por muchas razones, siendo las más importantes la vejez (en mayor medida si no se tenía hijos), en la que no se estaba en condiciones de ganar el pan con el trabajo, la viudedad, la orfandad y las enfermedades, que obligaban a la gente a subsistir de la caridad (...). A eso se une el estigma de ser considerados codiciosos, ladrones, malolientes, vagabundos (Pobre enfermo y vagabundo son casi sinónimos en la Edad Media, dice Le Goff) y vinculados al pecado o en proceso de perder su alma».

 

 

El Hospital y la Misericordia eran dos edificios que compartían gestión y parcela, delimitada, esta última, por las calles Imprenta, Cuesta de la Mota, Mercado Viejo, Lizarra y Cotarro.

 

Con la llegada de las órdenes mendicantes, principalmente de la benedictina, en cuya regla (La hospitalidad en la tradición benedictina, de  Antonio Linage«la hospitalidad monástica alcanza su definición más clásica y de mayor calado en el monacato occidental» (San Benito pone el pensamiento y los ojos en Cristo, que «en el Juicio Final» guardará memoria de la hospitalidad hecha), la atención hospitalaria pasó a manos de los monjes. En esos “hospitales” se acogía a pobres y necesitados de alojamiento como forma de ejercer la caridad, buscando la salvación del alma del acogido más que la del cuerpo (la Iglesia, en el Concilio de Letrán, de 1139, prohibió que los eclesiásticos realizaran intervenciones quirúrgicas).

 A partir del siglo XIII, como manifestación de una nueva religiosidad que ve en el pobre y el peregrino una imagen de Cristo en la Tierra, intermediarios en el camino de la salvación, «se había extendido la creencia de que la limosna resultaba tan beneficiosa para el que la recibía como para quien la daba», por lo que la hospitalidad deja de ser monopolio de los monjes. 

Y como «en las ciudades y otras villas de entidad no había vecino que no formara parte de alguna cofradía e incluso de varias, como podían ser la de la parroquia y la reservada al oficio o categoría social de cada uno (…), son las parroquias, cofradías, gremios, concejos, e incluso individuos aislados de la oligarquía urbana, quienes crean hospitales para acoger a pobres y peregrinos enfermos». Hospitales donde primaba el hospedaje y el aislamiento sobre los tratamientos médicos, muy básicos y parecidos a los que se daban en los hogares.

 

 

Simón Blasco Salas, después de Ejercer en Marcilla y Allo, en 1916 se tras­ladó  a  Estella  «como  médico  libre,  para  lo cual adquirí un edificio en el Paseo de la Inmaculada Concepción, número 29 entonces, donde establecí en la planta baja una Clí­nica Quirúrgica y Policlínica de Especialida­des, que fue la primera que se estableció en Navarra».Hallándose enferma de fiebre tifoidea (1949) su hermana Elena, a través del Estado Mayor Central del Ejército consiguió una dosis de Cloromicetina, aplicada con buen resultado, siendo el primer médico que la utilizó en España, y viendo publicados los resultados en el nº 167 de la revista Medicamenta del año 1949. 

 

«A veces, los ricos dan limosnas o levantan hospitales para «dejar constancia de su riqueza y, también, de su generosidad. La virtud del noble rico (…) es ante todo la generosidad, (que), no exenta de ostentación, produce estima social, honra, prestigio, (y) sirve, además, para legitimar moral y políticamente la posesión de unas fortunas logradas a veces por medios considerados poco cristianos y, en consecuencia, para encubrir responsabilidades en la creación de situaciones de pobreza que de ese modo pretenden ser reducidas o apaciguadas» (El señor don Juan de Robres / con caridad sin igual, / hizo este santo hospital / y también hizo los pobres”, nos dice un epigrama de Juan de Iriarte).

Consideración hacia la pobreza que «desaparece en los últimos siglos de la Edad Media, particularmente cuando las epidemias, las hambrunas y las guerras quiebran la sociedad». Entonces, la actitud «de la gente es muy dura hacia los pobres, adoptándose a menudo medidas casi represivas hacia ellos, a los que se pretendía aislar para que no contagiaran al resto de la sociedad, al considerarlos criminales en potencia» (Teresa Vinyoles Vidal, UB). 

 

 

«En aquella clínica se opera­ban hernias, se atendían partos, y se arreglaban todo tipo de trau­matismos», recuerda Antonio Roa. «Mi abuelo Eugenio ayudaba al doctor Blas­co en los actos quirúrgicos, y lue­go actuaba también como saca-muelas, barbero, peluquero, sanguijuelero y sangrador. Tam­bién arreglaba brazos estropea­dos. La medicina era entonces una «aventura brutal»: todo se hacía sin anestesia de ninguna clase, o en todo caso con cloro­formo. En las fracturas no se apli­caba el yeso, sino unas maderas que se fijaban luego con pez (brea)», añade Roa. «También eran muy frecuentes las agresio­nes con bala, y los navajazos». En la foto, Teresa Lorente, esposa de Blasco, su hija, y el actor Pedro Larrañaga, que resultó herido durante el rodaje en Estella de la película “Zalacaín el aventurero”, y fue curado en la policlínica del Dr. Blasco.

  

Todo empieza a cambiar en España cuando los Reyes Católicos impulsan la atención hospitalaria, siendo de esa época los primeros edificios públicos con función de hospitales. Los primeros y más importantes, los reales de Santiago (1501) y Granada (1511), y el promovido por el Cardenal Mendoza en Toledo (1504). Todos dentro de un programa general de unificar los pequeños hospitales diseminados en el interior de las ciudades.

Con estos programas se buscaba el prestigio de la monarquía, la mejora de la higiene que representaba sacar la enfermedad de las calles para concentrarla en un único lugar, mejor dotado y asistido, que al estar situado en el exterior de las poblaciones conllevaba el «encierro de los menesterosos que podían ser germen de conflictos». También se pretendía la mejora económica que suponía reducir la enfermedad y aumentar la fuerza de trabajo para satisfacer la necesidad del Estado de disponer de soldados y mano de obra con los que llevar a cabo sus objetivos políticos.

Coincidiendo con esta etapa, a finales del siglo XVI la sociedad comenzó a debatir sobre la conveniencia de acabar con la mendicidad, siendo uno de los autores más influyentes el canónigo Miguel de Giginta con su obra “Tractado de remedio de pobres” (1579). A él se debe la fundación de las primeras Casas de Misericordia de España y Portugal. Con ellas se pretendía que el pobre tuviera resueltas las necesidades básicas a cambio de un trabajo en la Casa, logrando su mejora material y espiritual. Se reconocía a cada pobre la posibilidad de ingresar o abandonarla, pero los que la rechazaban podían ser considerados pobres fingidos sobre los que actuaría la ley.

El Dr. Pérez de Herrera, en su obra “Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos” (1598), profundiza en el tema de las Casas de Misericordia como forma de acabar con la mendicidad y la vagancia a la vez que se socorre a los verdaderos necesitados. Para ese tiempo varias ciudades ya contaban con “albergues de pobres”, concebidos como dormitorio y nunca para curar.

En ello insistió la Real Sociedad Económica de Amigos del País al convocar un concurso (1781) con el siguiente temario: «Tratar del ejercicio de la caridad y del socorro de los verdaderos pobres, corrección de ociosos, destierro de la mendicidad voluntaria y fomento de la industria y aplicación».

 

 

Libro fechado en 1530, en el que a lo largo de sus casi 30 páginas se recoge la gestación del primer Hospital General de la ciudad.

 

Pedro José de Murcia, del Consejo de Su Magestad, en su defensa (1798) de Casas de Misericordia y Hospicios para evitar la mendicidad, las define así: «Por Casas de Misericordia se entienden todas las destinadas para morada o asilo común de alguna clase de pobres, que por su corta o crecida edad, o por otra qualquier circunstancia, estén inválidos o convenga a la causa pública y particular vivan unidos por algún tiempo. Los reclusorios de niños huérfanos, o desamparados, de ancianos, de lisiados, de viudas, y de qualesquier personas miserables, son Casas de Misericordia». Para las mujeres y hombres pobres que pueden trabajar quedan «las Galeras y Casas de Corrección». 

También nos dice cómo deben de ser: «la Casa de Misericordia debe constar de siete departamentos enteramente separados: para trabajos de hombres (…) desocupados o ligeramente inválidos; lo mismo para mujeres; para niños huérfanos; para niñas huérfanas; casa de corrección para hombres vagos; igual para mujeres y departamento para prostitutas (…), en un edificio sencillo con sótanos y, sobre éstos, las habitaciones, refectorios, cocinas, enfermerías, etc., bien ventiladas, coronado todo por desvanes-almacenes; contaría cada departamento con espaciosos patios, huertas y abundante agua. Se procuraría su enclave en el extremo de la población para que contase con buena aireación». 

Carlos III, al legislar contra la vagancia y la mendicidad voluntaria, da fuerza a ese pensamiento, por lo que a partir del XVIII al Hospital van los enfermos, a las Casas de Misericordia los pobres incapaces de trabajar, mientras los aptos quedan sujetos a levas para realizar trabajos forzados.

 

 

Puerta de acceso al recinto de la Santa Casa de Misericordia. Al edifico, que se aprecia al fondo, se accedía por un paso en cuesta, encajado entre dos terrazas que cultivaban por los acogidos para obtener recursos para la Casa.

 

Los citados hospitales de Granada, Santiago y Toledo, con trazas de Enrique Egas, seguían «un modelo de cruz griega con salas en los amplios brazos de la cruz y, situada en la intersección o en uno de los extremos, la capilla –aprovechándose los espacios entre brazos para patios-, inscribiendo el conjunto en una crujía con forma de cuadrado donde se instalaban las restantes dependencias hospitalarias», no faltando los hospitales en los que los enfermos podían seguir los oficios religiosos desde sus camas.

«En el s. XVIII (…), la necesidad de mejorar los equipamientos, los nuevos criterios de higiene, los avances en la especialización asistencial, la individualización de funciones, la intervención estatal en medicina, la policía médica y, sobre todo, el influjo de los ingenieros militares, lograron que el hospital se considerase un centro para enfermos y, por tanto, necesitado de espacios funcionales así como de localización idónea (…). Se produjo una nueva valoración de la idea misma de hospital cuando el arquitecto asumió las reflexiones de los médicos; así, según la definición de la Enciclopedia, «un hospital de enfermos es un edificio donde el arquitecto debe subordinar su arte al criterio de los médicos; confundir, mezclar distintos enfermos en un mismo lugar, es hacer que los unos destruyan a los otros. El hospital debía abandonar su carácter de contenedor de miserias y albergue de mendigos» para buscar la salud del enfermo. (Aproximación a la historia de la arquitectura hospitalaria, de Mª Dolores Fernández Mérida).

 

 

Fotografía, de finales del siglo XIX, del monasterio benedictino de Irache, donde en el siglo X se estableció uno de los primeros hospitales de España. Volvió a ser hospital –de guerra- durante la Tercera Guerra Carlista, regentado por la asociación “La Caridad”, creada por la esposa del pretendiente carlista Carlos VII, que atendía a los heridos de ambos bandos. 

 

Pasando de lo general a lo local, uno de los primeros hospitales de España fue el del monasterio benedictino de Irache (siglo X), creado, como la mayoría de la época, para atender a los peregrinos que iban a Compostela. En él primaba el alojamiento (cama y cobijo para pasar la noche), el alimento (de mayor valor calórico que el que tomaban los monjes) y la atención espiritual sobre la sanitaria, practicada en la nosokomeia o enfermería.

No conocemos qué atenciones daba, pero para hacernos una idea puede servirnos lo que consta en un poema sobre la fundación de Roncesvalles (1127), «en un lugar frío y estéril, pese a lo cual puede encontrarse en él pan y vino, sidra, aceite, lana y lino. Su puerta está abierta a sanos y enfermos, non solum catholicis, verum et paganis, judeis, hereticis, ociosis vanis (no sólo católicos, verdaderos y paganos, judios, herejes y vagos). Unas mujeres splendidem morum honestate (de conducta honesta) eran las encargadas de cuidar los pies de los viandantes, afeitarles la barba, lavarles y cortarles el cabello». El poema sigue narrando las bondades del lugar, de su enfermería, con dos salas, una para cada sexo, de sus abundantes luces, de los baños para enfermos, etc. (Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, de Vázquez de Parga, Lacarra y Uría). Y era común que a los peregrinos se les entregara alimentos (viático) para seguir el camino.

  

 

Del Hospital de San Lázaro, situado en las afueras de la ciudad por donde llegaban los peregrinos –con ellos llegaban en aquella época las epidemias-, solo se conserva este crismón (actualmente en el Museo de Navarra), uno de los nueve que se conservan de la ciudad de Estella, y el más grande (126 + 72 cm la piedra, 50 cm de diámetro el crismón). En el anillo del crismón puede leerse “IN DEI NOMINE AMEN: GARCIA REX DEDIR ISTAN VINEAN PRO SUA ANIMA”. Sobre el lado izquierdo, en texto abreviado, “AD SANCTUS MICHELEM ARCHANGELUM”. Y en la parte inferior, “IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SACNTI: AMEN ALDEBERTUS ME FECIT”. 

 

También Estella fue pionera. Hacia el año 1150 se hizo el albergue-hospital de Sant Lázaro, propiedad del municipio, manteniéndose en pie hasta el siglo XIX. Situado en el Camino de Santiago, en él se sometía a cuarentena (el nombre no está basado en ninguna evidencia médica, sino en los 40 días que Jesús pasó en el desierto) a los que llegaban con enfermedades infecciosas. En la práctica, era centro de aislamiento en el que los enfermos eran confinados hasta que sanaban o morían, y cuya función principal era evitar que las epidemias entraran en la población.

El origen de estos hospitales, conocidos también como lazaretos, está en la orden religioso-militar creada en el siglo XII en Palestina, bajo la advocación de San Lázaro, para tratar la lepra (conocida como mal de San Lázaropor haberla asociado al pobre Lázaro que sanó Jesús, al que la tradición confundió con Lázaro de Betania, hermano de Marta y María, resucitado por Cristo). Considerada un castigo divino, los que la padecían eran obligados a llevar campanillas que avisaran de su llegada, y eran recluidos de por vida en leproserías donde una ceremonia fúnebre ritualizada decretaba su muerte civil y se les privaba de sus bienes. 

La “General Estoria” (1270) de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, recomendaba que los leprosos fueran apartados «de todo el pueblo e que les fiziesen facer vestidos bien anchos e que traxieren las cabeças descubiertas porque los connoscieren, e las bocas cubiertas con los vestidos porque cuando fablasen non fiziesen danno a los quien se llegase a ellos con el fedor de su respiramiento malo».

 

 

Además de fondos municipales, obtenían recursos de cuotas de bienhechores, del arrendamiento de los bancos en los que se sentaban los que en el mercado de los jueves vendían huevos, conejos y aves, de la rifa de un cerdo (el cuto divino), y del producto de arriendo de tierras, especialmente de los 14.000 m2 de regadío en Los Llanos que arrendaba, por periodos de larga duración, entre 6 y 10 años. Se conservan los libros de cuentas del periodo comprendido entre los años 1595 y 1807, que permiten estudiar la evolución de las rentas agrarias durante este periodo.

 

Más adelante, el Libro de Censos de 1354 recoge la existencia en Estella de cinco hospitales: Sancta María, Sant Pedro, Sant Millán, Sant Salvador y Sant Juan, surgidos al calor del auge de la Ruta Jacobea, y creados por cofradías religiosas constituidas por gremios, parroquias y asociaciones piadosas bajo la advocación del santo patrón del gremio o del titular de la parroquia. Se sabe también de la existencia del hospital de Sant Martín, el de Sant Nicolás y de Ordoiz.

En ellos se atendía a niños abandonados, ancianos, pobres, viandantes, enfermos, viudas, jóvenes sin dote y parturientas, suministrando distintos tipos de servicios gratuitos (recuperación, asistencia, limosnas de alimento y vestido incluso a domicilio, curas médicas y dotes), contribuyendo a la construcción de un «futuro» para los niños abandonados (un futuro en el trabajo, en el matrimonio, en conventos o como hijos adoptivos en el seno de nuevas familias).

Acaba la Edad Media estellesa con una gran cantidad de hospitales distribuidos por las calles de la ciudad. Situación que no agrada a los parroquianos de San Miguel, sensibles a las nuevas corrientes humanísticas que se dan en España, y preocupados porque debido a los atomizados recursos disponibles «no se acogía y recibían como debían los pobres de Dios», y porque al estar situados intramuros «habían visto los antiguos las veces que había habido pestilencia (…) por causa de los dichos hospitales».

Elevada la preocupación al Regimiento (Ayuntamiento), éste, «por excusar y apartar en cuanto buenamente puede semejantes daños y contagio, había dado noticia al señor Virrey (…) y jueces del Consejo Real (…), suplicándoles que todos los hospitales se redujesen y reformasen en un hospital general que (…) se haya de construir y reedificar fuera de la dicha ciudad (…), y que todas las rentas y emolumentos de los otros hospitales que están de presente (…) se hubiesen de aplicar para perpetuo al dicho hospital general».

En función de ese deseo, el 26 de mayo de 1524 el Regimiento otorga poder a los representantes de la parroquia de San Juan y de la cofradía de Ntra. Sra. de las Torchas, que se reúnen en «la sala del hospital de señor Sant Johan» con parroquianos, procuradores de las iglesias de San Pedro de la Rúa y de San Miguel, y de los «hospitales de la confraría de los Abades, de sant Nicolás, de la Trinidad, de Sant Salvador, de los Zapateros, de Sant Juan, de la Navarrería y de Sant Bartolomé» con el objeto de tratar del Hospital General y de traspasar las rentas.

 

 

Este escudo, que se puede ver en el zaguán del Ayuntamiento, procede de la fachada del Hospital Ntra. Sra. de Gracia.

 

Aceptada por el Virrey la iniciativa, el Regimiento informa que el 29 de mayo de 1524 «el señor Regente de Navarra, Fernando García de Ercilla, ha llegado a esta ciudad, y la causa de su venida es que la voluntad e intención de la magestad del Emperador y Rey nuestro señor ha sido y es que se haga (…) un hospital general fuera y cerca de ella para que los pobres y siervos de Dios sean en aquel recibidos, hospedados y alimentados por ser la dicha ciudad camino de romeaje y pasaje para Santiago de Compostela».

Convocados en casa de Joan de Eguía, el Regente comunica el deseo real a los representantes de los hospitales de la Trinidad, y de San Nicolás, en la parroquia de San Pedro, de la cofradía de los Abades, de San Salvador, de los Zapateros, y de Ntra. Sra. de Lonja, en la parroquia de San Miguel, de San Bartolomé en Lizarra, y de Ntra. Sra. de las Torchas en la parroquia de San Juan (8 hospitales en total).

Todos aceptan el deseo real, pero empiezan a poner pegas y condiciones. Alguna totalmente lógica: en tanto no se haga el hospital general «no sean obligados a cumplir esta unión y ayuntamiento». Mientras que con otras pretenden mantener los beneficios de que disfrutan los cofrades, derivando los gastos de asistencia al nuevo hospital. 

 

 

Retablo de San Crispín y San Crispiniano (1602, taller de los Imberto), de la cofradía de los Zapateros, en la iglesia de San Miguel Arcángel. Este gremio tenía en Estella su propio hospital. Una de las tablas del banco fue robada.

 

Los de la cofradía de los Abades quieren que «la sala del hospital del Mercado Viejo (…) sea a perpetuo para los dichos cofrades, para tener sus ayuntamientos y comidas con su cámara y cocina (…); que la capellanía del Alba (…) sea pagada de las rentas del dicho hospital (…); que ocho robos de trigo (…), fundados en la pieza de Zaldu (…), más cuatro florines» que renta una viña, sigan siendo para celebrar el día de la cofradía; que cuando muera algún «cofrade o cofradesa» se le haga «el oficio de enterrorio y (…) el septenario como ahora se hace»; que «para hacer una cocina en la dicha sala, la cual está toda caída, que haya de quedar la renta de la pieza de Zaldu, la cual renta no es más de veinte florines»; y que un miembro de la cofradía participe en la gestión del hospital general.

El vicario de San Pedro de la Rúa muestra preocupación «porque en los dichos hospitales y confrarías hay muchas fundaciones de misas y capellanías y otros intereses particulares», y manifiesta su deseo de trasladarse a Pamplona para exponer sus reservas al Regente.

Los de la cofradía de Zapateros de San Crispín desean seguir utilizando «el dicho hospital, con su cámara y cocina y servicio para el día de nuestro sitio, y capítulos que entre año solemos tener (…); que las obras pías y devociones que con las rentas del dicho hospital se hacían, que son mantener una lámpara que alumbra el Corpus Cristi en el monasterio del señor Santo Domingo de Estella (…); que así mismo se acostumbra (…) decir una misa cantada y dos bajas, y ciertos responsos en la calostra (claustro) y sepulturas señaladas (…); que las dos misas que en el dicho hospital se dicen cada semana por los cofrades difuntos y vivos (…) se dirán para perpetuo».

El hospital de San Nicolás ignoró el requerimiento del Regente, por lo que se pidió autorización para «aprehender todas las rentas del dicho hospital».

 

 

Documento en el que se recoge el deseo del Emperador de que en Estella se haga un hospital general que integre a los 8 hospitales existentes.

 

No son aceptadas estas demandas, «y porque las personas que han administrado sus rentas de doce años a esta parte (…), según se dice, se han quedado con mucha parte de ellas»se ordena que «aquellas sumas y cuantas lo fueren en cargo (…) a los dichos hospitales (…) se depositen en poder de una persona fiel». Se advierte de sanciones por su incumplimiento, y se establece el hospital de San Lázaro como lugar al que trasladar pobres y enfermos mientras se realizan las obras del nuevo hospital. 

Conociendo «el honorable Joan de Eguía» que uno de los posibles emplazamientos es «un cerrado y huerta que él tiene (…) entre el monasterio de Nuestra Señora de la Meced de la Redención de los Cautivos (…) y la casa de San Lázaro», manifiesta que «movido por servicio de nuestro señor Jesucristo y por la merced que me hizo en criarme a su semejanza, y porque lo pobres de Dios sean recogidos, hospedados, y bien tratados, y porque haya merced de mi ánima cuando fuere su voluntad de llevarla deste mundo al otro, y por otros suyos respetos que al servicio de Dios mueven mi voluntad, (quiere) dar voluntariamente la dicha mi huerta y cerrado (…) para que el dicho hospital general se haya de hacer (…), y dejar a la dicha ciudad por patrona y cuidadora (…), sin que yo ni mis descendientes (…) alleguemos tener ningún derecho»

Además, para su construcción «quiere hacer donación y cesión de mil florines» (estaba previsto costearlo pidiendo limosnas por todo el Reyno), a todo lo cual «me obligo (…) so pena de quinientos ducados de oro viejos de buen oro y justo peso. De la cual pena, si me acaeciera incurrir, quiero y me place que la tercera parte de aquella haya de ser y sea para el erario del señor obispo de Pamplona, la otra tercera parte (…) para la señoría mayor de Navarra (…), y la otra tercera parte (…) para el dicho hospital general».

 

 

Convento de la Merced, hoy desaparecido, que la gente de mi generación conoció como Matadero Municipal. A continuación, donde estaba el secadero de lana de La Coja, hoy Curtidos Castejón, se construyó el Hospital General, y seguidamente, en un local, hoy desaparecido, donde Gabino Sanz Hermoso de Mendoza (Gabino el peletero) guardaba su coche, estaba el Hospital de San Lázaro.

 

Firmado el documento, Joan de Eguía da posesión del cerrado y huerta a los Jurados de la Ciudad, como patrona del dicho hospital, «los cuales entraron en el dicho cerrado y huerta, entrándolos el dicho Joan de Eguía por la mano, y en nombre del dicho hospital tomaron la posesión pacífica de aquella, echando fuera a los que en ella estaban, y al dicho Joan de Eguía, cerrando y abriendo las puertas (…); cogieron fruta y uvas, e hicieron otros actos posesorios ante la presencia del dicho señor Regente» y demás autoridades.

Presentes en el acto el Provincial General de la Orden de la Merced, y el Comendador del monasterio de Ntra. Sra. de Salas, autorizan a que la construcción del hospital cargue sobre la obra del monasterio, «sin pagar cosa ninguna», y permiten abrir ad perpetuum una comunicación con la iglesia, «a manera de capilla, con su rejado de hierro o de palo (…), para que los pobres de Dios y los otros que en el dicho hospital estuvieren puedan oír misa (…), recibir los sacramentos y decir sus misas y sufragios». Además, ceden «una huerta que tiene el dicho monasterio (…), para que quede plaza para policía de la dicha iglesia y hospital general». Ejecutaron un acto de posesión similar al antes descrito, y firmaron el «año del nacimiento de Ntro. Sr. Jesucristo de mil quinientos veinticuatro, a cuatro días del mes de septiembre, dentro de la casa y arca de San Martín de la ciudad de Estella», donde tenía su sede el Regimiento.

 

 

En primer lugar, el acceso a la Santa Casa de Misericordia; a continuación, el hospital Ntra. Sra. de Gracia. Foto de Domingo Llauró. Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana (las Anas), llegaron a Estella, procedentes de Zaragoza, el año 1867, para hacerse cargo del Hospital.  El año 1880 se hicieron cargo de la escuela de párvulos aledaña al Hospital, recibiendo por ello las 733,33 pesetas que tenía asignadas el anterior maestro. En el Hospital abrieron una escuela para enseñar labor, dibujo y música a niñas que habían asistido a las escuelas municipales, y para los niños crearon otro centro equivalente en locales de la parroquia de San Miguel. El 1 de mayo de 1907 inauguraron colegio en el paseo del Andén (Casa, construida por las Religiosas de la Enseñanza, en la que Simón Blasco tubo el policlínico, que aún conserva la espadaña del campanil), donde abrieron internado para las niñas de los pueblos, y el 15 de octubre de 1909 trasladaron al edificio la escuela de párvulos. El 23 de febrero 1914 levantaron el actual colegio.

  

Doce años después el hospital general recibe una nueva donación de Joan de Eguía, quien manifiesta que «él y Gracia de Baquedano, su mujer, que está en la gloria, habían hecho juntamente su último testamento, en el cual había dejado (…) una  pieza y una huerta que son situadas en el término de la dicha ciudad (…) y se afronta con la dicha huerta, viña y olivar del dicho hospital y con viña de Joan de Cegama, y de la otra parte con pieza de Lope de Ezpeleta y con sendero que van a la Plana, y la dicha huerta se afrenta con el Camino Real y con el río de Egua y con la pieza del Conde, la cual dicha pieza es de doce o trece robadas».

Y lo dona «no inducido, halagado, ni forzado, sino expresamente y de mi propia voluntad  (…). Atendido que en días pasados hube hecho y edificado el hospital general de la dicha ciudad de Estella (…), por tenor de la presente carta hago para irrevocable intervivos donación al dicho hospital general de veintiún florines de moneda y cinco gofres de censos (…) sobre diez casas que son situadas en el barrio nuevo de la dicha ciudad de Estella». Como contrapartida a estas donaciones, Joan de Eguía puso como única condición que en la fachada se colocara un escudo con sus armas familiares.

Colocadas sus armas sobre la puerta principal, «la mayoría de la cuarentena y de los quiñones (órganos de gobierno de la ciudad) votaron que no se permitiera tal cosa». Tres vecinos picaron y pintaron de negro el escudo, Eguía los demandó, y el Consejo Real de Navarra los condenó a poner el escudo de armas tal como estaba antes, y pagar entre los tres cien ducados de oro viejos antes de salir de la prisión en que estaban.

 

 

Sepulcro, en la iglesia de San Miguel Arcángel, de Joan de Eguía y Gracia de Baquedano.

 

Pero el motivo principal, producto de rivalidades y envidias vecinales, era otro: el Regimiento se oponía a ese hospital, diciendo que «si los pobres de Dios no se recogiesen dentro de la ciudad (…) constituiría una gran ignominia (…), y por estar el Hospital tan lejos de la ciudad y no poder llegar allí, han hallado a muchos de los dolientes muertos por las calles de la ciudad de noches y perdidos por el camino. Y lo que es peor. Si el Hospital no estuviera tan distante, muchos devotos y devotas de Dios irían a visitar a los pobres para consolarlos y llevarles alguna limosna. Ningún vecino quiere aceptar el cargo de mayordomo (…). Por tanto hay que conseguir que los pobres se trasladen dentro de la ciudad, dejando de inaugurar el nuevo edificio».

Un año antes, un enviado del Regimiento había pedido en Toledo al Emperador que permitiese que se construyera dentro de la ciudad, exponiendo (21 de mayo 1534) que «en esta ciudad había seis o siete hospitales, que solían ser buenas casas, tenían buenos y razonables aposentos y sus salas, cámaras y apartamientos para los pobres peregrinos que iban o venían de Santiago. Los sanos estaban separados de los enfermos. Había buenas camas, hogares, cocinas donde se calentaban, secaban y recreaban dentro de la ciudad. Los vecinos iban con frecuencia a visitar los hospitales (…), y socorrían a los pobres con limosnas, pan, vino y comida guisada. Todo esto falla en el hospital de San Lázaro» (durante la construcción del Hospital General allí se habían recogido los pobres y enfermos).

 

 

Sobre el escudo del matrimonio, una leyenda: “ESTA SEPULTURA FIZIERON FAZER LOS MAGNIFICOS JOAN DE EGUIA Y GR(ACI)A VAQ(UE)DANO SU MUGER. FUNDAR(ON) QUATRO MISSAS P(ER)PETUAS CADA SEMANA, Q(UE) SON DOMIN(N)GOS, LUNES, MIERCOLES Y BIERNES. ANLAS DE CELEBRAR LOS VIC(ARI)OS Y RACIONEROS DESTA YGLESIA. TIENEN POR FU(N)DACION CUATRO CASAS TENIENTES UNA A OTRA EN (E)L CABO EL PORTAL DE SAN JUA(N) Q(UE) ERA XX FLOR(INES) CADA ANUO. Y AN DE AZER SABER A LOS FU(N)DADORES Y SUS SUCESORES A CADA MISSA Y PONER CA(N)DELA. OBLIGARONSE Y IURARON QUMPLIR LO D(I)C(H)O. CO(N)STA POR GASPAR DE BAYGORY, NOTARIO ANNO 1520.

 

El 9 de mayo de 1533, Joan de Eguía declaró que el edificio estaba listo, y pidió que se trasladasen los enfermos, a lo que el Regimiento se opuso aduciendo que el edificio no reunía las condiciones indispensables para acoger a los pobres por ciertos defectos de construcción«no hay departamentos distintos para los sanos y los enfermos, ni cocina donde los pobres se puedan calentar en invierno, ni donde se entierren los que mueren (…), ni establo, ni necesarias (letrinas), ni cubierto donde se refugien hasta saber si el hospitalero los admite. En caso de peste, como la mayoría de las veces suele principiar en los hospitales generales, se podrían contaminar los de la ciudad y merindad, y aun gran parte del Reino por estar el Hospital en camino general».

«Dentro de la ciudad –decían- hay un edificio en el Barrio Nuevo, destinado antes a hospital, que reúne buenas condiciones para hospital general. Está junto a la iglesia del Santo Sepulcro», de donde «se les puede administrar los sacramentos y en ella pueden ser enterrados».

El Consejo Real desoyó la petición, y ordenó que enseres y pobres fueran trasladados al Hospital General, que ya estaba construido. El Regimiento siguió oponiéndose, y replicó que los pobres debían continuar en el hospital de San Lázaro hasta que se corrigieran los defectos de construcción. Además, el edificio estaba húmedo por ser obra nueva; las vigas (…) apenas trababan en las paredes, y podría desmoronarse.

Eguía contrarreplicó afirmando que si algo faltaba lo remediaría a su costa, y amenazó con aplicar las penas señaladas en el acta de unión. Sensible a la amenaza, dos días después el Ayuntamiento aceptó el edificio, pero se negó a trasladar los enfermos.

 

Documento en el que consta la donación de censos, por Joan de Eguía, de que hablo en el trabajo. Por esos mismo años, el canónigo Remiro de Goñi, originario de Salinas de Oro, levantaba a sus expensas el Hospital de Pamplona, edificio que ahora alberga al Museo de Navarra. Ambas personas eran parientes, en distinto grado, de San Francisco Javier..

 

Según Eguía, el hospital tenía «dos estancias grandes, una en el entresuelo para los viandantes y sanos, y otra más espaciosa en el primer piso para los enfermos, y unos corredores y estancias distintas y separadas para el clérigo y para los hospitaleros. Tiene una cocina y un hogar mejor y más abrigado que el de San Lázaro. Dispone de lugar donde instalarse las bestias. No tiene humedad alguna, pues las paredes y la obra gruesa se terminaron hace seis años y los suelos se echaron hace tres (…). No ofrece peligro alguno, y si existe algún defecto lo remediará».

Para dilucidar el tema, el 24 de marzo 1534 el Consejo comisionó al Dr. Azpilcueta para que visitase el edificio y actuara en consecuencia. Éste visitó el hospital nuevo y el de San Lázaro acompañado de dos maestros, yesero y fustero. El yesero, Sancho de Gabiria, informó que «la casa tiene una delantera y plaza hacia el camino real de 26 pasos de largo y 16 de ancho, todo esto fuera del portal y cuerpo de la casa. Todo el cuerpo del edificio está cerrado y cubierto de piedra y régola (ladrillo), y tres de las cuatro paredes están hechas de cal y canto hasta los puentes del terrado, y lo demás de régola, y la quinta pared es la pared del cuerpo de la iglesia de la Merced. La entrada tiene un gentil portal de piedra muy bien labrada, en cuya clave están las armas de Joan de Eguía. En una ventana encima del portal están las armas de la ciudad, y un poco más arriba las armas del rey.

 

 

Vista parcial de Estella. En la parte superior izquierda, las arcadas corresponden al Hospital (las arcadas de la izquierda están parcialmente cegadas por haber hecho en ellas un paritorio), y el gran edificio a dos aguas que se ve sobre las arcadas es la Misericordia.

 

El portal –continúa Gabiria- da acceso a una gentil sala de 12 pasos de ancho y 24 de largo, con sus ventanas y en ellas puestas sus vidrieras. En un extremo de esta sala hay una mesa larga donde pueden comer 40 personas. Junto a la mesa una escalera de caracol de yeso conduce a otra sala en el primer piso de la misma amplitud, en la que hay tres ventanas de piedra bien labrada con sus ventanas de fusta (madera) y para cerrar, y en la misma sala está una cámara con puerta.

De la sala se pasa a unos corredores que caen encima de una huerta de la casa. La obra es firme y sólida. De la sala inferior se pasa a la huerta por un portal, donde están los pilares que sostienen los corredores, pilares que son de piedra hasta fuera del suelo, y encima de régola hasta arriba el tejado. Toda la madera es de pino y roble. Toda la casa está seca y sin humedad alguna, porque hace cinco años que fue comenzada y dos que fue terminada como está. Se pueden acoger bien los pobres. En caso de necesidad, él (Gabiria) preferiría ser acogido aquí y no en el hospital de San Lázaro».

Martín de Azmendi, maestro de casas de fustería (de madera), Juan de Iribas, pelaire (cardador de lana), Pedro de Lacarra, sastre, y Juan de Vergara, teniente de merino,  ratifican todo lo dicho por Sancho de Gabiria.

Martín de Garro, teniente de justicia de la ciudad, cree que haciendo algunas habitaciones y una chimenea, el nuevo edificio superaría con mucho al hospital de San Lázaro. Juan Lópiz de Redín, tratante, también echa en falta una chimenea mayor para el invierno. Lope de Idiazábal, tratante, que no ha visto el edificio, considera que está en el mejor lugar que hay en toda la ciudad, sin peligro de contagio para la población. Martín de Aguirre, maestro de hacer casas, la cree sólida y apta con algunos retoques, y Martín Íñiguez de Medrano, doctor en Medicina, que no ha visto el nuevo hospital, considera que el de San Lázaro no es lugar competente para aposentar a los pobres.

El Ayuntamiento se mantiene en su criterio, y para corroborarlo presenta el testimonio de Juan de Ormáiztegui, boticario, Martín de Azcona, cirujano, Gracián Lecuza, vicario del Sepulcro, y Diego de San Cristóbal.

 

 

Altar principal de la iglesia del Hospital Ntra. Sra. de Gracia. El retablo está hoy en la iglesia de Baquedano, la imagen de la Virgen en la residencia de ancianos Santo Domingo, y la de San Andrés en la parroquia de San Pedro de la Rúa. El 16 de noviembre de 1980 se celebró el último culto, y el 8 de mayo de 1987 el Ayuntamiento cedió irregularmente el edificio a la Diputación Foral de Navarra como compensación por haber habilitado Santo Domingo para residencia de ancianoCuando en la primera legislatura democrática entré como concejal en el Ayuntamiento y me hice cargo de Cultura, logré que la ciudad recuperara su propiedad, y, con la oposición inicial de mis compañeros de corporación, que deseaban derribarlo, promoví la creación del Colectivo Cultural Almudí, de carácter autogestinado, con actividades como talleres de pintura, cerámica, literatura, teatro, fotografía y otros más, que en este edificio tuvo su primera sede. 

  

Vistos estos testimonios, el Consejo Real de Navarra decreta (13 abril 1534) que en el Hospital nuevo había «edificios competentes donde se pueden recoger al presente los pobres y peregrinantes, pues es verano, y también en invierno haciéndose una chimenea grande, para la cual el dicho Johan de Eguía da de limosna la suma de 50 florines de moneda». En consecuencia, ordena trasladar el ajuar y muebles del hospital de San Lázaro, que Eguía se ha ofrecido a pagar. 

El Regimiento apeló el decreto, y también se opuso la parroquia de San Miguel, que perdía el beneficio de administrar los sacramentos y enterrar a los pobres. Los mercedarios, por su parte, que habían visto en el nuevo hospital un alivio a sus penurias, al ver que Joan de Eguía no cumplió lo acordado, también se opusieron, así que el Hospital General quedó sin iglesia y sin lugar para sepultura de los pobres. Información posterior recoge que los pobres y dolientes morían sin sacramentos, porque ni los sacerdotes ni los frailes los atendían.

Por fin, el 12 abril 1536, Joan de Eguía entregó solemnemente a la ciudad el Hospital General junto con los censos y casas, la huerta, viña y olivar. Diego de Eguía, jesuita, colaborador de Ignacio de Loyola en Roma, donó (1543) 400 ducados de oro viejos, y en 1549 todos sus bienes.

Pero sus cuentas no debían ser muy boyantes, por lo que el obispo de Pamplona autorizó hacer colectas en la merindad (1544), concediendo cuarenta días de indulgencia a quienes dieren limosna. Ese mismo año consta un abono de 50 libras para las nodrizas que tenía el Hospital para criar a las criaturas secretas (expósitos) que echaban a dicho establecimiento.

 

 

Al abandonarse la ermita, el culto a San Lázaro pasó a la iglesia de Lizarra, que se visitaba el día del Santo o el domingo de Cuasimodo, y se tomaba un ramito de romero bendecido. La limosna que se recolectaba se destinaba al Hospital y a la Misericordia. Los niños, a una naranja o limón le metíamos un pirulí de caramelo, que chupábamos. El puesto de chucherías es de la familia Romero Pastor, y la niña del grupo de la derecha que viste comando y lleva coleta, es mi esposa. La foto, de Domingo Llauró, es del 8 de abril de 1962.

 

Una vez solucionados estos problemas, «el Regimiento se agarró de tal manera al patronato, que rechazó cualquier injerencia extraña, por legítima que fuese».

Así, en 1568 el obispo pide que se le presenten los libros de cuentas, y, al no conseguirlo, publica censuras en las iglesias, excomulgando a los mayordomos. El enfrentamiento sube de nivel, y un alguacil del Ayuntamiento, previa autorización de Consejo Real, el 26 de junio 1568 descerrajó las puertas del palacio que el obispo que tenía en Pamplona, le sacó la hacienda que allí guardaba, y a un arrendador del obispado le tomaron doscientos ducados sin mostrar ninguna orden escrita. Ante el temor de que el obispo se quejase ante el rey, se le devolvió lo cogido, los mayordomos le entregaron las cuentas, y el obispo retiró la excomunión. Así terminó el largo y costoso proceso que duró de febrero a julio de ese año.

Cuando en 1570 el obispo giró otra visita, en el Hospital había «dos mujeres y un hombre enfermos, y algún pobre. El vicario del Hospital declaró que celebraba misas los domingos, miércoles y viernes; visitaba a los enfermos, les confesaba y daba de comulgar, y procuraba que nadie muriese sin sacramentos. En un año se habían echado seis niños expósitos. Se recoge alguna gente gallofa (bellacos, vagabundos), y los días pasados al hospitalero le quebraron un ojo cuando trató de apartarlos, porque reñían entre sí. Al médico le pagan 30 ducados y casi nunca va a visitar el Hospital».

La hospitalera declara que «faltan suministros, pocas camas están provistas de ropa, y que los mayordomos (el cargo era gratuito y se aceptaba de mala gana) casi nunca visitan el Hospital ni proveen de los necesario a los pobres enfermos, que pasan necesidad y hambre. Si alguna vez proveen, lo hacen tarde, después que han muerto los enfermos; ni proveen de leña ni de otras cosas necesarias, ni pagan a los capellanes y demás empleados. Lo que gastan es bien poco, salvo con los expósitos, que son hartos». Los tres enfermos juraron que el vicario y la hospitalera hacían bien su oficio, pero les faltan recursos.

 

 

Accesos al Hospital y a su iglesia. Entre ambos, con un lucido más claro, el lugar en el que estaba el escudo que hoy vemos en el zaguán del Ayuntamiento. “En el hospital, cada uno llora su mal” (dicho popular).

 

En enero de 1572 se declara que el Hospital «tiene una renta de 156 robos de trigo y 178 en dinero, procedentes de censos (tenía un molino en la calle Zapatería) y limosnas. Se invierten 50 ducados en salarios y 30 en medicinas y en reparar y proveer la casa. En la actualidad había doce expósitos, y en junio del año anterior había veinticuatro».

En los pasados seis años había habido «mucho descuido (a un ungüento le faltaban nueve o diez ingredientes necesarios). Se recogen muchos vagabundos y gentes desvergonzadas, que se atreven a poner manos en el viario y en la hospitalera. El Hospital está muy pobre en ropa, porque en el año de la peste se perdió y quemó mucha. El vicario no cumple, y han muerto dos pobres sin sacramentos. Es preciso que se le haga una vivienda para que no tenga excusa y pretexto de no residir y dormir. Los apotecarios (farmacéuticos) sirven a veces las medicinas después de que los enfermos se han ido o muerto. Conviene hacer un corredor para que se soleen y aireen las ropas de cama y así no se pierdan».

«A los pobres enfermos que salen del Hospital (después) de dos o tres días de purgados, sin entera convalecencia, se les suele dar en qué ir para una jornada y con qué se alimenten un día o dos, y a otros que vienen con enfermedades viejas e incurables les dan una cura de alivio, los tienen de ocho a quince días y, reparados un poco, los envían a otro hospital en una bestia (a uno de la ciudad, incurable, agujereada una pierna por cinco o seis partes y tullido en unas muletas, lo enviaron a Zaragoza por evitar costa al Hospital) y les dan limosna para que coman un día o dos, pues no pueden pedir por sus enfermedades o cansancio». 

 

 

La fachada del Hospital tras la intervención (1992) del arquitecto Patxi Mangado y su equipo. Su interior se reformó para albergar 14 viviendas para realojo temporal mientras se reformaban viviendas en el casco antiguo; no llegaron a utilizarse, y al destinarlas a personas sin recursos quedaron destrozadas. El año 2006 el edificio –excepto la capilla- fue cedido al Gobierno de Navarra, que con un presupuesto de 886.000 euros ha habilitado 15 viviendas, de entre uno y tres dormitorios, de las cuales 13 alquilará el Gobierno, y 2 se reserva el Ayuntamiento para situaciones de emergencia habitacional.

 

Su ubicación, lejos del casco urbano, no fue acertada, como lo refleja una pequeña historia de la Cofradía de los Abades: por estar fuera de la ciudad «sirve más de recogerse en él gente vagamunda que no pobres, y llega a tanto extremo que algunos pobres gustan más morir de hambre en sus rincones que ir al hospital, porque allí no los ve nadie». 

Toca, pues, trasladar el hospital al interior de la ciudad, lo que sucedió el año 1624, levantándose en la zona llamada La Mota, bajo la advocación de Nuestra Señora de Gracia.

En febrero de 1626 se pone a candela (subasta) los bienes del Hospital, ya en desuso: «la casa pegante a la iglesia de Ntra. Sra. de la Merced con los corrales (…). El olivar cerrado pegante a la dicha casa, que confina con la ermita de San Lázaro y cerrado olivar del capitán Pedro de Eguía (…). El sitio frontero de la ermita, que ha estado cerrado y ahora presenta caídas las paredes. Y un sitio dentro del río (…) para hacer un canal para lavar lana (…). El comprador podrá fabricar casa y lonja pegante a la ermita de San Lázaro y cargar sobre los cimientos y paredes de la ermita (…)». 

Uno de los pujantes quería que en el lote se incluyera la ermita de San Lázaro, lo que no fue aceptado por ser «de muy grande antigüedad y devoción en el camino romeaje (…) y ser sepultura de los difuntos en tiempo de la peste y de los pobres del Hospital de más de tres cientos años a esta parte, y que de inmemorial la ciudad va en procesión general el día de San Lázaro». 

 

 

Hospital Comarcal García Orcoyen, inaugurado en 1976 (parte de la izquierda, color rojizo, 7.000 m2) y ampliado en 2002 (hasta los 21.000 m2). Recibe el nombre de su creador, Jesús García Orcoyen (Esténoz 1903 – Madrid 1988), catedrático y ginecólogo, pionero en España de la radioterapia y la cirugía oncológica. Director General de Sanidad (1960-65), mandato durante el cual se desarrolló la Ley de Hospitales, que sustituyó el concepto beneficencia por el de asistencia. A Tierra Estella le regaló este hospital, primero de los hospitales comarcales en Navarra. Foto eldiario.es

 

La subasta se adjudicó (26 mayo 1626) a Jerónimo Ladrón de Cegama, por 1.000 ducados. Fallecido Jerónimo, en 1639 se vendió, por 900 ducados, a Juana Colomo, a la que Juan de Aguirre y Gamarra, que había pujado en la primera subasta, permutó (1649) por una viña cerrada de pared, de 28 robadas, que tenía en término de Murugarren, mas un censo de 500 ducados que se debía al Hospital nuevo.

Con el producto de la subasta, y otros recursos (el escultor Bernabé Imberto instituyó (1631) una fundación para dotar doncellas pobres, y legó cuantiosas limosnas al Hospital. En 1650, el estellés Jerónimo Vélaz de Medrano, secretario de Felipe IV, donó 500 ducados al Hospital, y poco antes de fallecer (1652) en Valladolid, obligó a su heredero a entregar perpetuamente al Hospital 50 ducados anuales. También le dejó una dehesa de 250 fanegas en Torrijos) el hospital que hemos conocido como de Ntra. Sra. de Gracia (Hospital Viejo) se puso en marcha.

En 1788, el gasto anual era de 7.350 reales y 7 maravedís, con los que se repartieron 4.799 raciones y se pagaron los salarios de los trabajadores (capellán, administrador, hospitalera y su ayudante, a la que se le daba las sobras de la comida, enfermera, dos médicos y dos cirujanos a tiempo parcial, un boticario, y un demandante que se cuidaba del mantenimiento y de pedir semanalmente limosna por las calles), sobrando 399 reales.

En abril de 1867 se hicieron cargo de él cinco religiosas, hermanas de la Caridad de Santa Ana (Las Anas), procedentes de Zaragoza, que lo gestionaron hasta su cierre. Quedó sin uso el año 1976, cuando se construyó el Hospital Comarcal García Orcoyen.

 

 

Fachada de la Santa Casa de Misericordia. Debajo del balcón, oculto por la sombra, el escudo que luego veremos. Esta fachada presentaba un quiebro en el plano, lo que, a mi parecer, indicaba por dónde pasaba la muralla que separaba el burgo de San Miguel de la población de San Juan. En la fachada de la derecha, con acceso independiente, las monjas de Santa Ana tuvieron un parvulario. Mantenían el orden con “la caña de la doctrina”, lo que indica qué tipo de enseñanza daban.

 

La Santa Casa de Misericordia tuvo en Estella dos etapas sin conexión entre ellas. La primera surgió a partir de la iniciativa de Francisco Magallón, marqués de San Adrián, que propuso a las Cortes de Navarra del año 1757 la erección de Casas de Misericordia y Seminarios de Nobles. De esa iniciativa surgió la ley XLII de las Cortes de 1780-81, que dispuso se erigiese en Estella (ya se había creado la Casa de Misericordia de Pamplona, y se iba a establecer otra en Tudela) «un Hospicio para el recogimiento de pobres, mendigos y ociosos, ocupándoles en utilidad y beneficio de las manufacturas de lana y otras favorables al estado de este Reino».

En 1790, el Ayuntamiento, buscando medios, preguntó al monasterio de Irache cuál sería la limosna que el cenobio podría dar para construirla, recibiendo, como respuesta, su disponibilidad a entregar 150 robos de trigo anuales. Con ese recurso asegurado, en octubre de 1795 el Ayuntamiento decidió su construcción y redactó sus Ordenanzas, comenzando a funcionar el 1 de enero de 1796. 

El día 9 de ese año se comunicó a Irache que «se han recogido algunos pobres, habiéndosen desterrado los muchos que andaban por este pueblo, en donde no se ve ninguno pordiosear». Se le pide la entrega del trigo ofrecido, así como que el monasterio tome medidas «para que cesen las limosnas de la portería, a donde, si llegaren pobres, providenciaré (…) su recogimiento y conducción a este Hospicio para cortar de raíz la holgazanería». En 1802, sus ingresos eran de 34.777,29 reales, generando un déficit de 5.220,71 reales, tenía 105 acogidos (el primer año de funcionamiento eran 51), y las rentas fijas no llegaban para la manutención de la mitad de los acogidos. 

Para 1847 esa Casa de Misericordia había dejado de existir, ignorándose si fue a consecuencia de la Desamortización o de la Primera Guerra Carlista. También se ignora su ubicación, distinta a la de la Misericordia que hemos conocido.

 

 

Escudo procedente de la Santa Casa de la Misericordia, que hoy vemos en el edificio que hace esquina entre el puente de San Martín y la plaza del mismo nombre. La fecha, 1670, indica que el edificio existía antes de albergar en él a la Casa de Misericordia. Debe de ser el escudo del Almudí.

 

El año 1869, por impulso de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que hicieron ver a la Junta de Beneficencia la necesidad de establecer una nueva casa para separar a los enfermos de los asilados, que aumentaban exponencialmente, se nombró una Comisión que «formuló un proyecto para establecer la Misericordia en un edificio del Ayuntamiento llamado del Almudí (alhóndiga, edificio en donde se vendía, compraba e incluso se almacenaba grano, cuyo fin era socorrer a los vecinos y principalmente a los labradores en épocas de escasez), que en otras poblaciones, para la misma función, se conocía como Arca de la Misericordia. 

Eran años muy duros, en los que Navarra, a partir de 1867, sufrió catastróficas sequías seguidas de tormentas torrenciales, produciéndose una falta de subsistencia que hizo que en 1868 la tasa bruta de mortalidad en Navarra fue de 35,3 por cada 1.000 habitantes, cuando la media del periodo 1858-70, exceptuando el año señalado, fue de 26,96. En Abárzuza la tasa alcanzó el 170,21 por cada 1.000, y, al año siguiente, en Oteiza de la Solana alcanzó el 165,53 por mil.

Esta penuria suscitó colectas en las provincias próximas, y el Gobernador Civil de Álava, el estellés José María Ezcarti Lorente, se dirigió a los alaveses solicitando ayuda para los estelleses: «Vuestro Gobernador también se cree en el deber de dirigirse a vuestra reconocida caridad, seguro de que contribuiréis por vuestra parte a aliviar a vuestros hermanos en tan inaudita desgracia» (10-VI-1871).

 

 

Foto, de Montoya, con las monjas y acogidos de la Santa Casa de Misericordia.

 

Y la ciudad del Ega, apelando a que «la mendicidad con todas sus fatales consecuencias aumentaba en Estella, y viendo que no era posible extirpar ese cáncer social sino atendiendo del modo más conveniente al cumplimiento del deber que todos tienen de acudir a las verdaderas necesidades de los que por su desgracia se hallan imposibilitados de ganar su subsistencia», el 28 de marzo marzo de 1869 inauguró la Santa Casa de Misericordia, en la que se atendió al creciente número de pobres que deambulaban por la ciudad, manteniendo sus funciones poco más de cien años.

En el siglo XX, la Casa de Misericordia acogía a huérfanos y personas de servicio que con la edad no eran aptos para seguir trabajando en las casas. Gestionada, al igual que el Hospital Viejo, por las Hermanas de Santa Ana, algún acogido con el que he hablado recuerda un trato muy duro, con frecuentes palizas de las monjas, y, siendo niños, subir con velas, rezando el Rosario, a velar moribundos. Pero lo que más recuerdan es el hambre canina que pasaban. Cuando llegaba el jueves, y ayudaban a colocar los bancos de la plaza, recorrían los puestos de frutas y verduras llevándose a la boca todo lo comestible –pimientos, tomates, frutas estropeadas- que recogían del suelo.

Algunos de los acogidos, en edad de trabajar, cultivaban la huerta del Hospital, situada al otro lado de la calle Lizarra (en ella se levantó la primera guardería), que hasta mediados del siglo XIX había sido cementerio. Haciesigasndo layamina (se layaba una hilera, se hacía una pequeña zanja debajo de la labor de la laya, se enterraban las hierbas de la roza, y se cubría de tierra) solían aparecer esqueletos, cuyos huesos quemaban.

 

 

Foto de Jerónima Uriarte Elizalde, a cuya iniciativa y expensas se levantó lo que hoy conocemos como Residencia de Ancianos San Jerónimo.

 

A Jerónima Uriarte Elizalde, nacida en Estella el año 1855, de origen humilde, unos familiares le pagaron la carrera de magisterio, que no ejerció, y de ellos heredó una colosal fortuna. En 1904, con un capital de 28.000 pesetas, constituyó una fundación para dotar de premios escolares a los alumnos de las escuelas de Estella, y años después creó a sus expensan un Asilo denominado de San Jerónimo para ancianos, en un edificio construido (sótanos, baja y dos pisos, de 699 m2, más casa del portero, y otra casa de dos pisos y cuadra para el capellán, y cubierto para caldera de calefacción y carros) a tal fin en una finca de su propiedad (14.000 m2), con un coste de 200.000 pesetas, que fue inaugurado el 27 de diciembre de 1911.

Antes de fallecer (3 julio 1916) dejó consignado en su testamento el capital necesario para atender los gastos de 60 asilados, nombrando a tres personas como herederos fiduciarios con la encomienda de administrar los bienes y atender al sostenimiento, régimen y administración del Asilo.

Herederos que, poco después de fallecer Doña Jerónima, otorgaron testamento mancomunado (dos de ellos murieron en el año siguiente), nombrando como nuevos herederos fiduciarios a los párrocos de San Juan y de San Miguel, y al primer coadjutor de San Juan, con el mandato de constituir el patronato perpetuo del Asilo, «debiendo encaminar sus trabajos al buen régimen y prosperidad del citado asilo y procurar invertir los productos de los capitales y bienes del mismo en la mejora y conservación del establecimiento benéfico y en el bienestar de los asilados (…). Tendrán en cuenta el contrato bilateral que existe, formalizado con la Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana, encargadas del servicio del establecimiento».

 

 

Antigua postal de la Residencia de Ancianos San Jerónimo, entonces Asilo de San Jerónimo.

 

En el Patronato se detalla que «el Asilo podrá acoger a 38 ancianos, la mitad de cada sexo. Deberán ser naturales de Estella (preferentemente, o que lleven seis años residiendo en ella) o de su merindad, pobres, solteros o viudos, de 60 años cumplidos de edad, de buena salud, honrados y de buenas costumbres, que no hayan sido condenados por delito ni falta grave». El Reglamento señala la hora de levantarse, la naturaleza del desayuno, de la comida y de la cena, bastante pobre y frugal. Los acogidos sólo pueden salir el primer día de cada una de las tres Pascuas, y en caso de necesidad saldrán acompañados de alguna religiosa. Juntos hacen las oraciones de la mañana, oyen misa, rezan el Rosario, etc.

En cuanto a propiedades, al Asilo se añade casa en plaza de los Fueros nº 10, 11, 12, 13 y 14 (vendida año 1965), finca de 14 robadas en Ordoiz (vendida, año 1963, para levantar la Alcoholera), otra en Lorca y Lácar de 51 robadas, varias en Sesma, 263 títulos de la Deuda Amortizable de España al 4%, que valen 327.622 pesetas, varios títulos más, valores industriales, créditos o dinero dado en préstamo, y fincas adquiridas con pacto de retro en Cirauqui. Suma el valor de todos los bienes 1.145.168 pesetas.

 

 

En la postal, tomada desde el puente de San Juan –vemos parte del quitamiedos del puente-, a la izquierda, la fábrica de harinas La Industrial Fernández; a la derecha, el asilo y el edificio auxiliar para morada del cura. A la derecha había otro edificio, que no se ve, para vivienda del administrador.

 

Durante la Guerra Civil hubo en él un hospital militar, y en varias ocasiones se intentó fusionar el Asilo y la Casa de Misericordia. En la larga posguerra pasó muchas penurias, que fue paliando con la construcción de una gallinero para la cría y venta de pollos. El año 1963 notifica el párroco de San Juan al obispado: «Consta de 35 ancianos (…). Económicamente es un desastre (…), pobreza, deudas, poca confianza con el Administrador (…). Hoy debe el Asilo a la Parroquia de San Juan 300.000 pesetas». Y las necesidades aumentaban: nueva caldera, lavadora industrial… En 1976 se remodeló el segundo piso, convirtiendo las salas de dormitorio corridas en habitaciones de dos camas. «Están superadas en la actualidad estas formas gregarias de aposento, en las que es imposible una mínima intimidad e incluso el suficiente aseo. Al año siguiente se hizo la misma remodelación en el piso primero. Cuando escribo estas líneas, el Asilo, rebautizado como Residencia de Ancianos San Jerónimo, es modelo de gestión.

 

 

Cuando me dispongo a concluir este trabajo, no puedo evitar incluir esta foto de dos personas, ya fallecidas, vinculas al Asilo: el asilado Feliciano Fernández, músico, letrista, y hombre de mil oficios, que ya ciego se apoya en el hombro de Benjamín Ugarte. Este último fue el hombre que en la larga posguerra sacó al Asilo adelante. Él cultivaba la huerta (con el apoyo de un fámulo, Felipe, que siempre vi sin calcetines, cuando no descalzo), llevaba la granja, cortaba el pelo a los asilados, preparaba ungüentos, y toda la actividad que no realizaban las monjas. Gracias a él, durante largas décadas el Asilo subsistió.

 

mayo 2020

 

 

 

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© Javier Hermoso de Mendoza