Epidemias en Tierra Estella

 

Desde hace años tenía pensado dedicar un trabajo a los servicios asistenciales con los que la sociedad estellesa había hecho frente a la enfermedad y al abandono, pero nunca imaginé que podíamos sufrir la actual pandemia, y menos aún con la virulencia y efectos tan duros sobre la salud y la economía. Dada la extensión del trabajo, lo voy a dividir en dos: el dedicado a los hospitales, Misericordia y asilos, y el que hoy presento, cuyo objeto es recordar el pasado (preferentemente la Peste Negra de 1348, la peste bubónica de 1599, el cólera morbo de 1885, y la gripe de 1918), lleno de semejanzas con el presente, y, fundamentalmente, mantener viva la actual situación para que el olvido no nos haga tropezar con la misma piedra. Nadie duda que saldremos de esta –con enormes cicatrices en vidas y carteras-, pero de todos nosotros depende que sentemos las bases sobre las que alcanzar un futuro más seguro. Para ello no basta con seguir las recomendaciones sanitarias –totalmente necesarias-, sino evitar que nuestro voto vaya a los responsables de los recortes sanitarios y permita que se vuelvan a aplicar medidas que adelgacen la sanidad, la asistencia, y la protección social, dictadas, siempre, para favorecer intereses egoístas. En la anterior crisis se salvó a los bancos y se dejó a la gente a la intemperie; en esta se está intentando salvar a las empresas y a las gentes. Que este camino continúe sin torcerse depende de ti y de mí. Salud y esfuerzo. Y, como suele decirse, en la próxima pandemia Dios nos coja confesados.

 

 

La primera enfermedad con la que el mundo occidental se familiarizó es la lepra. De ella nos habla la Biblia y el Evangelio, y de Lázaro, el leproso al que curó Jesús, deriva el nombre de Lazareto, donde se encerraba a los enfermos contagiosos para que pasaran cuarenta días de confinamiento. Número días que no responde a ningún criterio médico, sino a los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto. La foto corresponde a un códice del siglo XI.

 

Desde sus comienzos, el ser humano ha tenido que convivir con las pestes y epidemias. La Biblia se hace eco de ellas, Tucídides relata la epidemia que sufrió Atenas durante las guerras del Peloponeso (430-426 a. C.), y el médico griego Rufo de Éfeso, en Artis Medicae Principes, describió la Gran Peste Antonina (c. 165-180 d. C.) que se abatió sobre Oriente Próximo y el norte de África. Según el relato de un autor latino, la peste se encontraba sellada dentro de una urna de oro en un templo de Babilonia, que un soldado romano saqueó, y al abrir la urna la peste acompañó al ejército en su retirada.  Mientras el pueblo padecía, el emperador Cómodo (180-192 d. C.) se retiró a Laurentum, lugar considerado inmune gracias a la fragancia de las arboledas de laureles que daban nombre a la ciudad. 

Pocos siglos después, la llamada Gran Peste de Justiniano asoló durante tres años (541-544 d. C.) el Imperio Bizantino, acabando con un tercio de la población de Constantinopla. En la capital se dieron picos de entre 5.000 y 10.000 muertos al día, y la epidemia, nos cuenta  el bizantino Procopio, «casi acaba con todo el género humano».  Por propia iniciativa la gente se recluyó en sus casas, la economía se hundió, «los cuerpos se amontonaron de cualquier manera en las torres de las murallas», no se hicieron cortejos ni ritos funerarios y, a diferencia de lo que ahora sucede en España, «quienes habían sido partidarios de las diversas facciones políticas abandonaron los reproches mutuos (…) pues la necesidad imperiosa les hacía aprender lo que era la honradez». Este brote, y otro que se produjo después (251-266 d.C.), que mató entre el 25 y el 50% de la población, según algunos autores provocaron la caída del Imperio Romano.

Esta Gran Peste de Justiniano también afectó a la Península Ibérica, y el obispo e historiador Gregorio de Tours (538-594), en su Historia Francorum, nos dice que la padeció Toledo a finales del siglo VI.

Desde la época de Justiniano, periódicamente volvió a enseñorearse de los países mediterráneos, no siendo erradicada del norte de África hasta que el Imperio Turco adoptó en 1841 medidas de confinamiento. Actualmente, entre 1.000 y 3.000 casos aislados se dan entre las poblaciones nativas más apartadas de África, Asia e Iberoamérica.

 

 

La foto corresponde a México, y el cartel dice “Pedimos que nos vacunen contra la viruela”

 

Tras siglos sin apenas noticias, a mediados del siglo XIII una expedición mongola se infectó en el sudeste de China, donde la peste era endémica, y fue sembrandola a su paso hasta que en 1346 la llevó al asedio de la plaza genovesa de Caffa, en el Mar Negro. Los mongoles, diezmados, tuvieron que abandonar el asedio, y como despedida catapultaron cadáveres infectados sobre la población sitiada. Fue la primera noticia que se tiene del uso consciente de la enfermedad como arma de guerra. 

Siglos más tarde, en 1763, el jefe de las fuerzas británicas en EE.UU, Sir Jeffrey Amherst, recomendó al comandante de Fort Pitt (Pittsburgh): «Hará bien en tratar de inocular (viruela) a los indios por medio de mantas, así como en probar cualquier otro método que puede servir para extirpar esta execrable raza». El 20 de junio de 1837, el Ejército de EE.UU. emprendió otra campaña de distribución de mantas, procedentes de enfermos de viruela del hospital militar de St. Louis, a los indios del entorno de Fort Clark (Dakota del Norte). Cuando enfermaron, se les aconsejó apartarse de los otros enfermos, con lo que extendieron la pandemia a las otras tribus del territorio (Los nativos, al no haber tenido contacto previo con la enfermedad, morían, pues su organismo no era capaz de fabricar anticuerpos).

Contrasta esta actitud con la desplegada por España con la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, primera expedición sanitaria del mundo, que de 1803 a 1806 llevó la vacuna a todos los territorios españoles allende los mares, conocida también como Operación Balmis por el nombre de Francisco Javier Balmis, médico alicantino que la encabezó (hoy, Operación Balmis es el nombre con que el Ejército español combate contra el coronavirus). El navío María Pita salió de Coruña el 30 de noviembre de 1803, llevando médicos, instrumentos científicos, y dieciséis niños contagiados de viruela (era la única manera de que el virus permaneciera vivo). Llevó la vacuna a Canarias, Hispanoamérica, Filipinas, China, y a la posesión inglesa de Santa Elena, vacunando a toda la población, fuera de origen español, o a las tribus relacionadas con los españoles que la aceptaron. El descubridor de la vacuna (1796), Edward Jenner, escribió: «No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este».

 

 

Gracias a las vacunas se han podido controlar, y también erradicar, enfermedades contagiosas como la viruela. Esperamos que pronto se consiga una vacuna contra el coronavirus. La foto corresponde a Barcelona, donde en ese Consultorio Médico Municipal desarrollan una campaña de vacunación de viruela.

 

De Caffa, la Peste Negra pasó en 1347 a Constantinopla, y de ahí, a través de la rata negra, omnipresente en las bodegas de los barcos mercantes, llegó a los puertos mediterráneos, extendiéndose por toda Europa y matando entre el 30 y el 60% de la población. La escasez de mano de obra reactivó la economía de las ciudades testiles italianas, lo que incrementó su economía y facilitó la incorporación de la mujer al mercado laboral, mientras que las pandemias del siglo XVII y XVIII tuvieron el efecto contrario: la economía italiana se debilitó, abriéndose la brecha que aún persiste entre el norte y el sur de Europa (Miguel Laborda, Doctor en Historia Económica). La presente crisis consolidará el poder económico de Asia sobre el resto del mundo.

En 1348 llegó a Navarra por la ruta de peregrinación a Compostela, encontrando una población debilitada por la hambruna, que vivía en promiscuidad con los animales. Mató en pocos meses a unas 140.000 personas, más de la mitad de sus habitantes. En Erasun, un oficial real escribe que un hombre «murió de hambre con todos los de su casa». En la Ribera Estellesa, tras las epidemias de 1348 y 1362 la población quedó reducida a su quinta parte.

 

 

Fosa común de Martigues, Francia, con víctimas de la peste. Se observa cómo los cuerpos han sido echados de cualquier manera.

 

En consecuencia, la población navarra quedó desestructurada, en la indigencia (entre 1360 y 1363 se duplican los precios de los alimentos básicos), llena de viudas y huérfanos en una sociedad insolidaria y violenta, lo que dificulta la recuperación demográfica, y la geografía navarra, como atacada de viruela, se llenó de pueblos abandonados. El Libro de Fuegos de 1366 cita una treintena de pueblos en los que no constan moradores, y en el de 1427-28 figuran «106 despoblados, entre ellos medio centenar que sesenta años antes constaban como habitados». Un recaudador de tributos que acude a cobrar a un pueblo, informa de que «todos los labradores de la dicha villa son de ellos muertos y de ellos idos por pobreza». Del pueblo, como de tantos otros, deshabitados para siempre, sólo quedará el nombre en los libros, o una iglesia devenida a ermita.

Conocemos el descenso de población por la existencia de “Libro de Fuegos” (censo de hogares) de los años 1330, 1350, 1366 y 1427, elaborados la mayoría de ellos por temas fiscales, excepto el último, que busca conocer la situación real del Reino, en gran parte despoblado por las mortandades. 

El descenso demográfico que sufre Tierra Estella debido a las pestes, el hambre, las guerras civiles, la guera con Castilla, la matanza de judíos de 1328, y el hecho de que el Camino de Santiago pierde en el siglo XIV su importancia comercial, hace que los 8.651 fuegos (cada uno, de más de 5 individuos) que tiene en 1330 no sean superados hasta los mejores momentos del siglo XIX.

 

 

Códice La Franceschina, de Jacopo Oddi, en el que vemos a monjes franciscanos cuidando a apestados en la ciudad de Perurgia el año 1474. El cuerpo de los enfermos está lleno de bubas, de donde viene el nombre de (Peste) bubónica.

 

En cuestión de días, familias enteras morían de peste tras dolorosa enfermedad: ganglios linfáticos inflamados, úlceras hemorrágicas de color oscuro sobre la piel (de ahí el nombre de Peste Negra) despidiendo fétido pus, fiebre, escalofríos, náuseas, una pulmonía que ocasionaba graves dificultades para respirar, y órganos como el riñón, el hígado o los pulmones que dejan de funcionar causando la muerte.

Intentando huir de la enfermedad, muchas familias abandonan sus pueblos dejando sin recoger las cosechas (hay testimonios de Cirauqui y Los Arcos), abandonan sus ganados, y vagan por los caminos, deambulando como locos, intentando huir de la mortandad. A su paso propagan la peste, y caen muertos por la enfermedad y el hambre en campos y caminos. Si la peste entraba en conventos u otros lugares cerrados, todos fallecían (en la pandemia que ahora estamos sufriendo las residencias de mayores se han convertido en uno de los mayores focos de contagio). En algunos valles desaparecieron ocho de cada diez familias; en Améscoa, seis de cada diez. 

Boccaccio dice que «Tan grande fue el espanto que este hecho puso en las entrañas de los hombres, que el hermano desamparaba al hermano y el tío al sobrino, y la hermana a su hermano querido y aun la mujer al marido. Y lo que era más grave y resultaba casi increíble, que el padre y la madre huían de los hijos tocados por la enfermedad».

 

 

El Decameron recoge 100 cuentos relatados entre siete mujeres y tres hombres jóvenes que huyen de la Peste Negra que azota Florencia y se refugian en una villa de las afueras. La obra, escrita por Giusepe Boccaccio entre 1348 y 1353, comienza con una descripción de la peste. En la ilustración, damas escuchan uno de los cuentos. El cuadro es de John William Waterhouse, pintado el año 1916.

 

 

A la Peste se sumó otro jinete del Apocalipsis: el Hambre, que junto con el tercero, la Guerra, no abandonan a los navarros hasta entrado el siglo XVI, afectando a todas las generaciones, y creando «un estado de subalimentación permanente y generalizado». «Durante estas centurias la penuria y el hambre estuvieron siempre muy próximas a la pandemia, la precedieron a menudo, la escoltaron con frecuencia y la prolongaron siempre».

«La hambruna se prolongó hasta el año 1350 debido a la cantidad de campos que, faltos de simiente, bestias y brazos, quedaron incul­tos. Además, los fríos del otoño echaron a perder la cosecha de uva en gran parte de Navarra. La plaga había acabado de desorganizar la vida económica, como si la industria y el comercio también hubiesen sucumbido a la peste. Por su parte, tras los desajustes sociales causa­dos por la plaga, se desató una enorme ola de criminalidad. Las bandas de delincuentes navarros, alaveses y guipuzcoanos infestaban el país y las incursiones desde la frontera castellana —con razón deno­minada frontera de los malhechores— se fueron haciendo más osa­das hasta acercarse a la propia capital del reino. Y es que, atenazados por la miseria, muchos campesinos arruinados encontraron en el bandolerismo la única forma de sobrevivir».

Muchos mueren de miedo. Como señala la leyenda recogida en Oriente por el cardenal Lavegiere, «la Peste había prometido a un anacoreta turco que no causaría más que mil víctimas en Esmirna. «Oh, peste maldita —le reprocha más tarde el ermitaño—, me has engañado, pues has matado a más de veinte mil. Yo te digo —responde la Peste— que he mantenido mi palabra y no he causado más que mil víctimas. Las otras diecinueve mil es el Miedo quien las ha matado». De ahí que, en muchos casos, temiendo los efectos del terror, las autoridades traten de ocultar el brote pestoso».

 

 

El triunfo de la muerte (1562), de Pieter Brueghel el Viejo (Breda 1525, - Bruselas 1569). Museo del Prado. 

 

A las pestes, el hambre y las guerras hay que añadir la carga económica que soportaban los campesinos. «Tanto las pechas como los cuarteles se hallaban en su mayoría tasados en cantidades fijas. La disminución demográfica provocó un incremento de la carga fiscal de las familias supervivientes, que en muchos casos se vieron obligadas a emigrar a otros lugares donde fuera más llevadera e incluso fuera del reino. De hecho, la sutil amenaza de la emigración es utilizada por la mayoría de las comunidades a la hora de solicitar rebajas en las cargas fiscales. Desojo atribuía en 1427 gran parte de su reducción a la emigración causada por la agobiante carga fiscal. En 1460 varias familias labradoras exigieron del rey una rebaja de las pechas como condición para volver a poblar las aldeas de Loya (Aibar) y Navaz (Juslapeña), mientras que los de Murillo el Cuende se negaron a regresar en 1467 al no ver reducida su pecha por el Monasterio de la Oliva. Bastante años después, en 1508 los labradores de Learza (Valdega) abandonaron la población al no ser eximidos por los tribunales de realizar varios servicios al señor del lugar». 

El Ángel de la Muerte durante la peste en Roma. Grabado de Jules-Élie Delaunay.

 

«Para dar un respiro a la fatigada población (…), el 12 de agosto de 1349 la reina Juana II había promulgado una ordenanza prohibiendo a los judíos que antes de la primavera siguiente ejecutaran los bienes a los cristianos para saldar sus deudas. Cuatro días más tarde, el Gobernador dictaba otra orde­nanza por la que todas las cargas reales se reducían con carácter general en una tercera parte hasta la próxima llegada de la Reina, momento en que se esperaba una remisión aún mayor. Buenas inten­ciones que la señora no pudo cumplir por la sencilla razón de que nunca volvería a Navarra. La peste (…) se la llevaría (…) en el castillo de Breval, en Normandía».

 

Con la llegada del invierno la peste desaparece, pero durante los siglos siguientes, al menos en dieciocho ocasiones (1362, 1373, 1387, 1395, 1400, 1411, 1422, 1428, 1434, 1441, 1451, 1479, 1485, 1492, 1502, 1518, 1523 , 1530, 1564, 1599…) se reproduce «como las réplicas de un terremoto (…), y hasta bien entrado el siglo XVIII la peste (sin distinguirla a veces del tifus, la viruela, el cólera, la fiebre amarilla o la fiebre recurrente) se convertiría en un asiduo visitante de las tierras europeas».

 

 

Transportando cadáveres durante la Peste Negra.

 

La cosecha de 1401 es muy mala en la merindad de Estella, muy afectada por la epidemia de peste. «El último día de mayo de 1401 Carlos III volvía a eximir de pago de impuestos a quienes trajeran trigo, ordio (cebada), avena o harina al mercado de la ciudad del Ega durante los meses de junio, julio y agosto. Y la situación no mejoró con la cosecha siguiente ya que esas licencias volvieron a otorgarse».

El año 1412, los estelleses, que vuelven a padecer la peste, «no tienen alimentos más que para un mes», por lo que en diciembre el rey exime «del pago de impuestos a todos los extranjeros que, hasta la próxima cosecha, acudieran a Estella para vender trigo o avena».

En 1429 vuelve la epidemia a consecuencia de la guerra con Castilla, y el ejército navarro se ve obligado a abandonar posiciones replegándose a pueblos sanos. Durante ese siglo, la merindad de Estella, la más afectada por el trinomio guerra-peste-hambre, atraviesa una grave crisis: «su población, diezmada por las pestes de los dos siglos anteriores, en 1427 ha disminuido a la mitad; el comercio mantenido por los mercaderes y peregrinos del Camino de Santiago desaparece, y la ciudad pasa a tener una función mercantil puramente comarcal. La depresión económico-demográ­fica afecta a toda la Tierra de Estella; los mercados semanales decaen, y el reducido término municipal de Estella, que «no ha términos en que pueda pascer ganado alguno», ni espacio agrario capaz de alimentar a las 472 familias, padece. Entonces tiene que demostrar la buena situación geográfica de su mercado frente a otras ciudades que sufren parecidas crisis pero que por estar menos desarrolladas y peor situa­das, como Puente la Reina, se ruralizan. Para evitar un éxodo masivo, en 1436, Don Juan y Doña Blanca de Navarra conceden a la villa de Estella dos ferias francas al año, de quince días cada una, con grandes exenciones a los concurrentes a ellas».

 

 

Los estragos de la peste. 

 

En 1564 la peste se manifiesta en Logroño, y a pesar de que Viana corta toda comunicación con La Rioja y pone guardias en los camino, una docena de vecinos de Bargota (entonces barrio de Viana) va a vendimiar Agoncillo, cruzando el Ebro por Lapuebla de Labarca para evitar pasar por Logroño, y al conocer que en Navarrete la gente muere de peste, regresan a Viana, donde son encarcelados.

Pronto llega a Lapoblación y Meano, donde «nada más declararse la epidemia todos los vecinos huyeron de ambas localidades, dispersándose por los términos, montes y ermitas y evitando comunicarse entre ellos. Los pocos que se atrevieron a volver para recoger algunas pertenencias —seguramente ropas— se infectaron y murieron de peste. Cuando por fin la epidemia cesó, el cura y beneficiados de Lapoblación se negaron a volver, por lo que nadie administraba los sacramentos a los feligreses».

 

 

La plaga de los filisteos en Ashdod (1661). Óleo de Pieter van Halen, Anberes 1612-1687.

 

 

La epidemia llega en 1596 a Santander en un barco que transporta tejidos desde Dunkerque. Se extiende a Vizcaya y Álava, y a finales de 1597 llega a las costas guipuzcoanas. Navarra cierra su frontera con las Vascongadas, pero no puede evitar que en abril de 1599 se manifieste en Estella, a donde llega en las ropas de una mujer de Oñate que contagia a dos guardias que vigilaban el campo estellés (uno de ellos la aloja en su casa). La primera reacción del Regimiento (Ayuntamiento) es ocultar el hecho e intentar atajarlo, pero la peste se extiende entre los estelleses. Al conocerse en Pamplona, el Consejo Real envía a dos médicos para que se informen, ordena la incomunicación de Estella, e impone restricciones a los pueblos situados en un radio de diez kilómetros. 

El Regimiento concerta préstamos para poner en marcha medidas contra la peste, instala una enfermería en el Mercado Viejo, y contrata a dos afamados médicos que habían combatido a la peste en Oñate y Durango (el bretón Guillermo Scoth) y en San Sebastián (Joan de Lortia).

También contrata a dos mujeres de Oñate especialistas en desinfectar, limpiar y purificar las casas en las que se han dado casos de peste (dos de estas especialistas poco después fallecen en Pamplona). El cirujano Lortia, que las trae, describe cómo debe de hacerse la desinfección: «En todas las habitaciones, preferiblemente por la noche, debían encen­derse fuegos con maderas aromáticas (se cita al enebro, laurel, romero o sarmientos secos) manteniendo las ventanas cerradas. Después debían limpiarse con incienso, estoraque (bálsamo que procede de la destilación de la planta Liquidambar styraciflua) o beljui (La tintura de Benjui es un extracto alcohólico de la resina extraída del árbol Styrax officinale; tiene propiedades antisépticas, antifúngicas y cicatrizantes) y rociarse con vinagre mezclado con agua. Finalmente era preciso abrir las ventanas y mantener ventilada la casa durante diez días». Estella compra incienso, romero, enebro, carbón, leña y pólvora –quizá por el azufre que contiene- (El disparo de armas se utiliza para purificar la atmósfera de las ciudades, llegando a utilizar Avignon en 1581 la artillería).

 

 

Miniatrura de 1350 (la Peste fue en 1348). Representa el entierro de los apestadosSegún decía Boccacio en el prólogo de su Decamerón, algunos hombres sanos que por la mañana habían desayunado con sus amigos, por la noche cenaron con sus antepasados en el otro mundo.

 

 

Los contagiados son encerrados en el Barrio Nuevo (Santo Sepulcro), cuyas calles se sellan, donde se les alimenta y asiste a costa del municipio. El Hospital General, construido pocas décadas antes, resulta insuficiente (En París, en 1580, el hospital de Grenelle se parece más a un campo de concentración que a un establecimiento de asistencia: enfermos amontonados, arqueros que los vigilan a distancia, apestados moribundos…), y se habilita una enfermería en la Casa de los Abades (había sido hospital parroquial), a la que se le cierra la puerta de la calle y se le abre una en la muralla para que el acceso sea desde el exterior. Uno de los médicos muere al ser infectado, y una noche, debido al fuego que se hacía para hervir tejidos (se lavaban muy poco, y generalmente estaban sucios y con parásitos) y para quemar plantas aromáticas, la Casa de los Abades se incendia y sólo se puede sacar a los enfermos. 

Los que logran sanar se ponen en cuarentena en una casa que se habilita en la Pieza del Conde, y los fallecidos son conducidos hasta la ermita de San Lázaro (cerca de donde hoy está la gasolinera de la carretera de Pamplona), donde se les entierra bajo una capa de cal viva. En pocos días fallecen 151 personas.

 

 

Milán, recogida de cadáveres de apestados.

 

Durante todo el verano los mercados no se celebran, por lo que el 1 de septiembre el Consejo Real traslada a Villafranca el mercado estellés de cereales (se celebraba el domingo), y embarga cinco mil robos de trigo para alimentar a la ciudad.

Todo se altera, menos la rivalidad entre familias. El jefe de una de ellas, que tenía antigua inquina contra el Regidor (Alcalde), habiendo llegado a enfrentarse a él desenfundando la espada, lo denuncia ante el Consejo Real acusándole de graves deficiencias sanitarias. Según él, los médicos, cirujanos y demás personal que atendía a los apestados residían en el interior de la ciudad y se relacionaban con el resto de la gente (Las normas obligaban a que todos los que se relacionaban con los enfermos vivieran en lugares apartados, pasaran cuarentenas al acabar la peste, y llevaran signos distintivos; en Estella vestían ropillas de bocací de vistosos colores). El Regimiento se defiende aduciendo que cuando solicitaron la cesión del monasterio de la Merced, situado junto al Hospital General, fuera de las murallas, para destinarlo a enfermería, los monjes se negaron, y que todas las lonjas y casas disponibles estaban ocupados por sospechosos o convalecientes de la peste. (Si en vez de Regidor ponemos Presidente del Gobierno, y en vez de jefe de familia ponemos Jefe de la Oposición, parece que estoy describiendo lo que pasa hoy en España).

 

 

Representación satírica del Dr. Pico de Roma, de Paul Früst, 1656. Lleva la máscara y ropa de los médicos que en Italia combatían la peste.

 

A principios de abril, dos mujeres guipuzcoanas de buen parecer se dirigen de Pamplona a Estella, Un vecino de Puente la Reina les dice que no podrán pernoctar al estar cerrada la villa, y las aloja en su casa, situada extramuros en el barrio del Crucifijo. Una de ellas tenía un hijo en Estella, que, al enterarse dónde estaba su madre, burla el cordón sanitario y le lleva un lío de ropa donde se encontraban las pulgas transmisoras de la enfermedad, convirtiéndose la villa de Puente en uno de los principales focos pestíferos de Navarra. Endurecen el cordón de seguridad, y los de Mañeru, por ejemplo, pasan hambre al no poder proveerse de cereal ni acudir a trabajar como jornaleros. 

Los pueblos de Tierra Estella interrumpen las comunicaciones con la ciudad para que no les llegue la peste, pero pronto aparece a los pueblos en los que se han refugiado los que han huido de la Ciudad del Ega. Los de Irujo, por ejemplo, denuncian al abad por haber acogido a tres estelleses –mujer, hijo y nodriza-, los cuales son obligados a retornar a pesar de estar sanos. 

Los médicos pensaban que el coito debilitaba al hombre, haciéndolo vulnerable a la peste, por lo que en algunos países se acusó a las mujeres de propagar conscientemente la peste. En el grabado vemos a dos mujeres y un hombre conducidos por la muerte.

«En mayo, los de Vidaurre llaman urgentemente a un doctor para examinar a un mozo que se sentía enfermo y que luego murió. Pese a que se comprobó que se trataba de “tabardillo” (tifus), el doctor reconoció a todos los habitantes del pueblo. La alarma volvía a saltar poco después cuando otro muchacho aparecía con un bulto en el pecho, que luego se comprobó era el resultado de una caída. Un vecino del cercano pueblo de Guembe amaneció con un flemón en el muslo y, aunque se le mandó al monte confesado y comulgado, sanó a los pocos días»

En Ganuza no se recogió la cosecha de cereal ni de uva, y apenas unos pocos campos fueron sembrados, consecuencia de haber muerto 78 personas.

De Estella la peste pasó a Logroño, avanzando por el valle del Ebro. A Pamplona llegó de la mano de una mujer labortana, que con su hija y nieto fue a Puente la Reina a vender legumbres. Allí compraron unos paños de color y una cortina, y, regresadas a Pamplona, fallecieron a los tres días, siendo enterradas sin que, por ser pobres, fueran reconocidas por los médicos. Al poco sus vecinos enferman, y la epidemia se extiende por la ciudad.

Procesión de flagelantes en Tournai durante la peste. De Chronica Aegidii li Muisis (s. XIV), de Gilles li Muisit, abad benedictino de San Martín de Tournai.

Hasta el siglo XVI poco cambia en la respuesta a la peste. Desde la más remota antigüedad, la gente atacada por la peste, sin saber por qué enfermaba, la causa, y sin remedio, veía en ella un castigo divino, se creía abandonada por Dios y creía acercarse el fin del mundo. En consecuencia, la reacción lógica era intentar aplacar la cólera divina con misas, procesiones, romerías, etc., concentraciones que facilitan la propagación del bacilo. Muchos llevan sobre su pecho medallas de santos, saquitos con amuletos o piedras preciosas “contra pestem”.

Todos buscan la intercesión de la Virgen y de los santos protectores, San Sebastián (en las flechas con que fue martirizado ve la gente dardos de la cólera divina y en heridas signos de la peste) y San Roque (por cuidar de apestados fue infectado, siendo curado por un ángel y alimentado por un perro que diariamente robaba pan a su dueño; por eso se representa con un perro que lleva un pan en la boca y muestra un bubón en su muslo). 

Pero hay quienes buscan culpables. En algunos lugares de Europa se acusa a los judíos de envenar las aguas, y se va contra ellos. En Navarra se los dejó tranquilos, pero hubo pueblos en los que se quemó a supuestos brujos (Cinco Villas de la Montaña), y en 1493 un gigantón representando a la peste fue quemado en Pamplona mientras la gente le lanzaba piedras e inmundicias.

 

 

 

San Roque atacado por la peste, de Tintoretto, iglesia de San Roque, Venecia. En el ángulo inferior derecho vemos al perro que le lleva el pan. Con duda en sus fechas de nacimiento y muerte (1284-1319 o 1348-1378), nació en Montpellier, hijo del gobernador de la ciudad, y a los veinte años repartió sus bienes entre los pobres y partió en peregrinación a Roma. En el trayecto encontró ciudades atacadas por la peste, dedicándose a cuidar a los apestados. En Piacenza enfermó, refugiándose en un bosque para no contagiar a nadie, sobreviviendo gracias a una fuente milagrosa, a un ángel que le curaba, y a un perro que diariamente le llevaba un pan que sustraía de la mesa de su amo. Regresado a su tierra, fue confundido con un espía, falleciendo en la cárcel. Se le atribuyó el fin de la epidemia, y desde el primer momento su sepulcro fue objeto de peregrinación, siendo «canonizado solo por la voz del pueblo» (Benito Feijoo). Su prestigio desplazó a San Sebastián, que hasta entonces era considerado principal protector contra la peste. Su representación iconográfica más habitual es acompañado de un perro que con frecuencia lame su llaga pestífera, un ángel que le acompaña, y vestido de peregrino, por lo que suele ser confundido con Santiago Apostol.

 

Los galenos más notables la consideraban producto de conjunciones astrales. Por ejemplo, el Dr. Undiano, en informe remitido al ayuntamiento de Pamplona, afirmaba que el contagio se producía, principalmente, por el movimiento de la luna, afirmando que si la epidemia había ocasionado pocas muertes en la ciudad, se debía a que la constelación originada por un cometa que surcó el cielo el 13 de julio de 1596 había sido débil.

Generalmente los médicos la atribuían a la corrupción del aire, que lograba alterar la mezcla proporcionada de humores (sangre, cólera, melancolía, flema) que constituía la salud. Para equilibrar esos humores se practicaba la sangría, se buscaba madurar los tumores mediante emplastos, y se sajaban extrayendo el pus y colocando nuevos emplastos y hielo. Si la infección no quedaba detenida, la muerte llegaba por septicemia.

El médico Fernando de Álvarez, en su “Tratado contra la peste” (ca. 1500), afirmaba que era perjudicial la tristeza, el ocio o hacer el amor. Por ello, la mayoría de los remedios consistían en sangrías, laxantes, quema de plantasaromáticas, o lavado con vinagre (Según su criada, durante la peste que en 1530 asoló Tudela, el Dr. Tornamira lavaba con vinagre el dinero que recibía de sus pacientes). Fumar tabaco también se consideraba una medida aconsejada

 

Máscara con pico de ave con la que se protegían los médicos que curaban a los apestados. En el pico llevaba hierbas aromáticas para evitar la fetidez. Hoy la vemos convertida en el símbolo del carnaval de Venecia.

 

La incapacidad de la ciencia médica era tan patente, que los médicos eran los primeros en salir huyendo. Los mismos tratados de medicina reconocían que el medio más eficaz para evitar el contagio era el precepto de Galieno de «cito, longe, tarde» (huir pronto, hacerlo lejos y regresar tarde). O como rezaba el proverbio recogido en 1616: «huir de la pestilencia con tres eles es prudencia: luego, lexos y luengo tiempo»Lo señalaba en 1410 el protomédico del rey de Francia Velasco de Taranta: lo mejor es huir lo más lejos posible, pues en la peste, al igual que en la guerra, no muere el que no está en ella.

Durante la peste de 1348, en Venecia murieron veinte de los veinticuatro médicos de la ciudad. En 1414, un cronista dice que «la mortandad hace emigrar de este siglo a la eternidad a todos los médicos de Burdeos».

En Estella, cuando a mediados de verano de 1599 la peste parece remitir, el 3 de julio se prescinde del cirujano Scott, y veinte días más tarde rebrota con tal fuerza que uno de los médicos huye de la ciudad. El médico que le sustituye pierde por la peste dos hijos y un criado.

Los notarios también son profesiones peligrosas al tener que oír a moribundos en testamento. Así como molineros, panaderos, carniceros y otras profesiones que trabajan en lugares infectados de ratas. Por el contrario, herreros, toneleros, pastores, arrieros y carreteros se veían libres de la enfermedad, bien por trabajar en lugares sin roedores, o porque el olor de las bestias de carga repelía a las pulgas. También estaban libres quienes trabajaban con el aceite, pues sus ropas impregnadas no albergaban parásitos.

 

Ropa de los médicos que combatían la peste.

Y huir es lo que hace la gente, sobre todo los más pudientes: A mediados de 1400, la Corte navarra abandona Olite y vaga por las aldeas, alejándose de las grandes villas donde la Corona posee palacios. Diez años más tarde vuelve a huir. En 1428, los cargos civiles y eclesiásticos de la capital la abandonan «por causa de la mortandad que era en Pamplona». En 1564 el primero en abandonar la ciudad es el Virrey, seguido de los jueces y demás funcionarios de los tribunales civiles y eclesiásticos. La mayoría se refugian en Tafalla, y el Consejo Real ordena que no se admita en esta villa a ningún vecino de Pamplona ni de su Cuenca. En 1599 los estelleses más pudientes empiezan a abandonar la ciudad para refugiarse en los pueblos, pero el Consejo Real, al conocerlo, lo prohíbe sin excepción alguna, y les obliga a retornar.

La peste, ante la que no existe inmunidad natural, por lo que puede padecerla repetidamente a una persona, afecta preferentemente a lactantes y jóvenes, y se manifiesta de tres maneras: la bubónica o clásica, que sin antibióticos mataba entre el 40 y el 90 por ciento de los infectados, la pulmonar, que mataba entre el 90 y el 100 por cien, y la septicémica, letal en todos los casos. Su transmisión es la siguiente: la pulga pica a la rata apestada, la infección impide a la pulga alimentarse, y hambrienta pica una y otra vez inoculando gérmenes en estado puro. Una vez infectado el hombre, puede transmitirla a través de sus parásitos –piojo y pulga-, directamente por la respiración, y a través de ropas y objetos contaminados.

Tuvieron que pasar siglos para que en 1894 el médico suizo Emilio Yersin descubriera que el origen de la peste estaba en las ratas, que la transmitían a los humanos a través de la picadura de la pulga. En su honor, el bacilo de la peste se llama Yersenia pestis.

 

 

Panfleto que circuló por Estella durante la epidemia de cólera morbo de 1885. Se lee ”Estelleses ojo. No quieren la mayoría de contribuyentes novillos. O novillos o sangre; o fiestas o luto. Ojo”

 

A partir de 1602, el tifus, la viruela y la difteria reemplazan a la peste, y en 1855 llega una nueva enfermedad que en oleadas sucesivas está presente en buena parte del siglo XIX: el cólera morbo, cuyo brote más importante en Navarra se dio el año 1885. Se inició en febrero, adquirió toda su potencia durante el verano, y nuestra comunidad fue la provincia española que más pueblos lo sufrieron: 716 durante seis largos meses, falleciendo 13.715 personas en una población total de 297.422.

Estella, para hacer frente a la situación, dividió la ciudad en tres cuarteles que venían a corresponder a las principales parroquias, encargando su cuidado a dos médicos y cuatro vecinos en cada uno de ellos. El Ayuntamiento, constituido en sesión permanente, prohibió a los concejales ausentarse de la ciudad, y ordenó que los vecinos barrieran la acera de sus casas a la mañana y a la tarde. Se prohibió que las ropas de los coléricos se lavaran en las casas y acequias, habilitándose a tal fin el río aguas abajo del portal de San Agustín. Las hojas (de maíz) de los jergones de los coléricos se quemarían en sitios retirados, prohibiendo su vertido al río, y las habitaciones de los coléricos debían de blanquearse con cal, debiendo ventilarse las casas vacías.

 

Escena del cólera en Palermo.

El convento de la Merced, en el que se aloja la tropa, se destina a Hospital de Coléricos, y el Teniente Coronel del Regimiento de América ordena colaborar a los dos médicos militares. Al ser estrechas y tener malos colchones las camas de ese hospital, se pide a la población acomodada la entrega de una cama compuesta de colchón, dos sábanas, manta y almohadas. 

Ante la gravedad de la situación se piden voluntarios para abrir fosas, pagándoles una peseta por fosa, y se designan ocho conductores de enfermos y cadáveres, con sueldo de dos pesetas diarias, que al empeorar la situación se aumenta a tres pesetas y se duplican los conductores. Los cadáveres se mantenían ocho horas en el Depósito, trasladándose al cementerio al amanecer y al oscurecer. El barrio de San Miguel fue el más afectado, por lo que se excarcelaron los presos de la Cárcel.

Los panaderos se comprometen a abastecer la ciudad aunque falle el mercado semanal de granos, pero los carniceros informan de que por falta de menestrales no pueden abastecer a la población, por lo que el Ayuntamiento prohíbe sacar carnes de la ciudad. Los confiteros comunicaron al Alcalde que por falta de arroz y azúcar no podían hacer bolados (especie de rulo poroso y ligero, al estilo de la clara montada, que se diluía en agua para endulzarla y aromatizarla), que consideraban de primera necesidad, por lo que el Alcalde autorizó que se requisara el contenido de un almacén, cerrado con llave, cuyo dueño estaba ausente de la ciudad.

 

Edificio de la Cárcel de Estella, que dio nombre al puente de su nombre. Es el comienzo de la calle Ruiz de Alda. En su solar tenemos hoy la plazoleta donde se encierran las vacas en fiestas y el bar Aldai monta su terraza.

A pesar de la prohibición por Real Orden de hacer rogativas, las reliquias de San Andrés, la imagen de la Virgen del Puy y de San Roque se trasladaron a la iglesia de San Juan para que estuvieran más a mano. Acabada la epidemia, que había durado tres meses, el 17 de agosto se celebra una misa solemne con sermón, se canta un Tedeum, y las reliquias son devueltas en procesión a sus respectivas iglesias.

El papel de los ejércitos en la difusión del cólera no está estudiado, pero no debe de ser menor, especialmente en Tierra Estella. El abad de Riezu, en carta al obispo, se queja: «El día 5 del presente llegó a este pueblo la Tropa del Regimiento de Infantería de América y el día 6 fueron invadidos del cólera tres soldados; se marchó la tropa dejando los 3, de los cuales uno murió y los otros dos el día 9 fueron conducidos en camillas al Hospital de Estella, después de sacramentarles. El día 8 murió un paisano del pueblo, y el 10 comenzó el cólera con tal furia, que cada día iba en aumento hasta el 17 en que murieron ocho; de modo que en 15 días pasan de 40 víctimas del cólera». 

Y no debe de ser menor, porque los ejércitos en campaña han sido uno de los vehículos más utilizados por las epidemias para expandirse. He comentado cómo llegó la Peste Negra a Europa. Siglos antes los ejércitos de Justiniano la llevaron por todos los países mediterráneos, y siglos después lo mismo hizo el ejército norteamericano con la Gripe del 18. Lo veremos luego.

 

Muertos por epidemias y pandemias a lo largo de los siglos.

La enfermedad se manifestaba con diarrea, vómitos, calambres, fiebres altas, sudor, «posteriormente, debido al agotamiento físico y la deshidratación, se entraba en un proceso agónico que indefectiblemente derivaba en una muerte segura. La mala alimentación era un factor más en el resultado final, siendo la dieta de la población escasa en general pero quizás de peor calidad (y cantidad) en el sur de Navarra (…). Cuando una persona caía enferma se le sometía a purgas, depuraciones, ayunos e incluso sangrados con el objetivo final de que limpiara su cuerpo y una vez vacío de todo mal, recuperarlo con caldos y carne. Sin embargo, aun sabiendo que la malnutrición llevaba aparejada indefensión inmunológica, no se fomentó la alimentación sana como acción preventiva, aunque en descargo de nuestros antepasados debemos añadir que la penosa situación económica de un país sacudido por guerras cíclicas, epidemias y una mala distribución de las tierras, no permitió mejorar este aspecto».

La situación se complicaba cuando se producían fuertes tormentas que contaminaban las aguas. En los pueblos importantes los cadáveres se amontonaban formando lúgubres montañas, y en Obanos, los vecinos, presas de pánico, huyeron despavoridos abandonando a los enfermos, que murieron.

 

 

Fiebre amarilla en Buenos Aires, del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes. Museo Nacional de Artes Visuales. Montevideo

 

Como si aún estuviéramos en la Edad Media, el Ministerio de Gracia y Justicia de la nación, a pesar de creer que se debía a la falta de higiene y mala alimentación, pedía «que en todas las parroquias de esa diócesis se hagan rogativas públicas [que] derramen el consuelo y la resignación cristiana en las familias afligidas, y den valor y serenidad a los que por fortuna están libres de tan funesta desgracia», afirmando que el desastre lo evitará la Divina Providencia. 

Y el obispo de Pamplona, que la achacaba a la infidelidad del hombre hacia Dios, pedía ejercicios durante nueve días en las iglesias del Obispado, y negaba las causas físicas y naturales, «como si Dios fuera un Ser relegado a los cielos, que ni sabe ni cuida de las causas humanas». 

El párroco de Arbeiza, por el contrario, dice que «el Cólera se ha aprovechado al menos en este pueblo, de las frutas del tiempo, como son guindas, cerezas y abas (sic) verdes; lo he presenciado y he visto lo que vomitaron, no tengo la menor duda que han sido víctimas de esas frutas, y otros escesillos (sic)». Y algunos sacerdotes, como el párroco de Sangüesa, ven en ella una oportunidad de regeneración: «¡Ojalá que a estos golpes de la divina misericordia abran sus ojos tantos ciegos voluntarios como hay en España!». 

En esta ocasión también los pudientes abandonan los pueblos y, de forma generalizada, los que quedaban sospechosos de padecer la enfermedad se veían sometidos a manifestaciones violentas de rechazo, logrando expulsarlos. También hubo actitudes solidarias, y pueblos que hicieron causa común para que nadie quedara desasistido económicamente o desatendido. Varios médicos fallecieron, y otros abandonan los pueblos traicionando su juramento Hipocrático.

 

 

Durante una de las epidemias de cólera del siglo XIX, hubo bulos que acusaban a los jesuitas de haber envenenado el agua.

 

Hasta el Covid-19, la última pandemia fue la gripe de 1918, que se estima mató en el mundo a más de 50 millones de personas. Antoni Trilla, médico del Hospital Clinic, calcula que en España fallecieron 260.000 personas, el 1,5% de la población.

Conocida como “Gripe española”, no tuvo su origen en España (el primer caso se dio dos meses después que en los EE.UU.), ni fuimos el país más afectado. Su origen parece estar en el condado de Haskell (Kansas, EE.UU.), donde el Dr. Loring Miner, médico del condado, avisó a las autoridades sanitarias que entre finales de enero y principios de febrero de 1918 comenzó a tratar a pacientes «con síntomas que parecían comunes, pero de una intensidad inusual: dolor de cabeza violento, dolores corporales, fiebre alta y tos no productiva», diagnosticando la dolencia como gripe. «Docenas de sus pacientes, las personas más fuertes, sanas y robustas del condado fueron abatidas tan repentinamente como si hubieran recibido un disparo» (John M. Barry, “La gran gripe: la épica historia de la plaga más mortal de la historia”). 

El periódico local “Santa Fe Monitor” dejó constancia de la gripe, y desde Haskell pasó al campamento militar de Funston (Kansas), donde se reclutaban voluntarios para la Gran Guerra, extendiéndola por el mundo las tropas estadounidenses. Mientras la prensa de los países contendientes la ignoraba para ocultar debilidad ante sus enemigos, en España, país neutral, la prensa se hizo amplio eco del contagio, entre cuyos afectados se encontraba el Rey. La ampia presencia de la gripe en la prensa española hizo que los periódicos de los países contendientes nos atribuyeran la paternidad, y la falsedad ha continuado hasta ahora.

Hospital estadounidense de Fort Riley, improvisado para hacer frente a la gripe de 1918. Foto AGE

 

La gripe dejó en Navarra 2.712 víctimas, y en Estella hubo un total de 125 fallecimientos, la mayoría por gripe. Según cuenta Simón Blasco en su libro “Recuerdos de un médico navarro” (1958), «La enfermedad empezaba con coriza, quebrantamiento general, cefaleas intensas, bronquitis y bronconeumonías, que se presentaban de forma tan brusca que en veinticuatro horas fallecían los enfermos por la toxemia que llevaba aparejada esta infección, tanto que vulgarmente se llamaba peste pulmonar y los elementos con que luchaban los médicos eran sumamente escasos, reducidos a tratarlos con antitérmicos y piramidón, pociones balsámicas e inyectables, aceite alcanforado y sobre todo quinina y vejigatorios, y hasta hubo procesos curiosos entre médicos y farmacéuticos por carecer éstos de elementos, al no servirlos los centros de medicamentos y específicos, lo que fue causa de desavenencias, teniendo que intervenir la autoridad gubernativa del pueblo».

Entre las víctimas se entraron el dentista Julián Astarriaga, su esposa y una de sus hijas, bisabuelos de los Astarriaga que hoy regentan establecimientos hosteleros en la ciudad.

También la esposa del político Manuel Irujo Ollo. En 1917 su hermano Eusebio se gradúa de farmacéutico y va a trabajar a Artajona. Un año más tarde, casi a las puertas de la muerte, «avisa a su familia que es imposible curarse con las medicinas de su propia botica». Manuel acude a Artajona, le cuida, Eusebio sobrevive, y Manuel regresa a Estella infectado cayendo enfermo. Manuel se había casado el 27 de octubre de 1916 con Aurelia Pozueta Aristizábal, con la que al año siguiente tuvo una hija a la que pusieron por nombre María del Puy (conocida como Mirenchu). El virus que portaba Manuel infectó a su mujer y a su suegra, Inocenta, que vivía con ellos. Ésta, culpando a Manuel de la situación, hace testamento señalando que si su hija moría antes que ella –ya había fallecido-, heredaría su hijo, y dejaba a su nieta un legado de 125.000 pesetas, que con un interés anual del 5%, recibiría a su mayoría de edad (su fortuna estaba estimada en un millón de pesetas), nos cuenta Arántzazu Amézaga en “Manuel Irujo, un hombre vasco”. Como contraste, la otra abuela, Aniana, al repartir su herencia consideró a la nieta como otra hija más.

 

 

Durante la gripe de 1918, muchas actividades –he visto fotos de clases universitarias- se desarrollaron en espacios abiertos para evitar contagios. Foto National Archives.

 

Contra la gripe, además de Higiene se recomienda «juagarse la boca con agua bicarbonatada, antes de las comidas; abstenerse de frecuentar lugares donde se reúne multitud de personas; pasear por sitios donde circule el aire más puro posible; taponarse los orificios de la nariz con algodón impregnado en mentol o formol diluidos; regularizar las funciones digestivas y atender desde el primer momento el resfriado más pequeño. En una palabra: tener especial atención con las vías respiratorias, garganta y nariz, pues por ellas se inicia la infección grippal [...]. Cuando el mal haya entrado en un pueblo, debe procederse inmediatamente a la desinfección de las habitaciones y ropas de los contaminados; evítese el visitar o estar junto a un enfermo, al que sólo deben acercarse los encargados de la asistencia; renuévese el aire de las habitaciones [...]. Con todo ello conseguiremos desaparezca por completo la maligna invasión de estos microbios, de Pfieffer, en unos días».

En Lezáun, el vecindario implora «el divino socorro mandando celebrar el día 28 (septiembre 1918) una misa solemne en honor del glorioso San Roque, Abogado contra epidemias y pestes (…). Tocante a la Higiene pública, este pueblo ha traído, para cuantos vecinos necesitan, suficientes desinfectantes, como sublimado, azufre, cal, etc. En Lerín tenemos más de la mitad del vecindario en cama y carecemos de las cosas más esenciales. También se han contagiado los farmacéuticos y el practicante (...). De manera que no puede ser más alarmante nuestra situación; ni (hay) personas para el cuidado de los enfermos graves”. En Abárzuza, entre los enfermos graves está el médico. En Los Arcos “tenemos observado que la grippe reviste caracteres de tifus y que en cuanto éste se declara en el enfermo sobreviene la muerte. No cabe duda de que en esta villa ha entrado tan de lleno por falta de agua en condiciones».

 

 

Fumigador durante la gripe de 1918. Supongo que fumiga DDT, hoy prohibido.

 

En Améscoa, «Familias enteras enfermaron y los que podían tenerse en pie apenas podían dar abasto a atender enfer­mos, moribundos y muertos. Muchos hubo que enfermaron de miedo más que de gripe y (hubo) quiénes con su valor ahuyentaron la epidemia. Uno de estos últimos fue D. Castor López de Zubiría (Baquedano 1846), sacerdote, que gastó todas sus fuerzas, y eran formidables, en cuidar enfermos, sacramentar moribundos y enterrar cadáveres. Y se vio en la precisión de tener que asistir en una misma casa a una vida que se extinguía y a una parturienta que daba a luz una vida nueva». (Las Améscoas, estudio histórico-etnográfico, Luciano Lapuente).

En Estella, «Todas las calles (…) han sido regadas con Zotal, habiendo además limpiado los urinarios y rincones con cloruro de cal». Para prevenirla, «algunos aconsejan tomar antes de la comidas un poco de vino, agua o leche con cinco gotas de tintura de yodo. Otros dicen que hay que comer cuatro cabezas de ajo».

 

 

Gripe de 1918. Camilleras en la Estación Columbia de Washington  transportando un afectado.

 

El 26 de octubre el semanario dice que «Afortunadamente la gripe ha marchado de Estella», y las ferias, únicas celebradas ese año en Navarra, fueron unas ferias felices.

El 2 de noviembre, publica un Editorial de queja porque «nuestros pueblos hanse visto faltos de la ayuda que era de esperar de la Excma. Diputación»; particularmente por «los Diputados por el Partido de Estella (…). Queremos suponer ocupaciones apremiantes, estados de salud resentidos. Nada de esto disculpa. En calamidades públicas como la pasada, todo debe posponerse a la salud del pueblo». El 26 de octubre agradece el trabajo de los médicos y practicantes, que nombra, haciendo especial mención del joven médico Dr. Víctor Martínez Lope-García, del que luego diré algo. Finalmente, el 9 de noviembre da nombres y apellidos de todos los fallecidos en la ciudad.

Como si aún estuviéramos en la Edad Media –hay instituciones que no cambian-,  Alejo Eleta, canónigo de la catedral de Pamplona, argumentó que la gripe era la respuesta de Dios a «la indiferencia religiosa o la depravación de las costumbres, principalmente de los vicios de la blasfemia y la lascivia (…), y dados esos desórdenes y prevaricaciones del hombre son evidente necesidad y urgencia esos castigos». En la presente epidemia del coronavirus la Iglesia ha estado callada, escondida y ausente.

 

 

Brigada de fumigadores en Madrid durante la gripe de 1918. Foto Julio Duque para ABC.

 

El 1 de diciembre de 2019, un coronavirus, bautizado como Covid-19, salta de los animales al hombre y comienza la mayor pandemia de los últimos 100 años, que en estos momentos (9 de abril de 2020) está en todo su apogeo, con 1,53 millones de casos, doscientos países y territorios infectados, y más de 89.000 muertos. Se especula que el salto se dio en el mercado de animales salvajes de Wuhan (China).

Cuando las autoridades chinas tuvieron conocimiento del mal (debía de llevar varias semanas o meses camuflado con la gripe, infectando a troche y moche), cortaron toda la actividad social y económica de la provincia de Hubei, confinando a la población en sus casas.

Cuando en Europa comenzaron a darse los primeros casos (Italia); se ignoraron las medidas chinas, y se intentó trazar los primeros casos de contagio. Cuando los muertos alcanzaron más de un centenar, España aplicó medidas de confinamiento (el primer país en aplicarlas sobre casos de fallecimientos) que cuando escribo estas letras continúan. Ni Italia aprendió de China, ni España de Italia, ni el resto de los países del mundo occidental de Italia y España. Cuando esta pandemia pase –si se encuentra medicina adecuada y vacuna-, los infectados en el mundo serán decenas o centenares de millones, cientos de miles los fallecidos, y el mundo habrá sufrido una crisis económica superior a la Gran Depresión de 1929. Dicen que ya nada será igual. Cuando acabe, tiempo habrá de hacer las valoraciones oportunas y adoptar las medidas necesarias. En lo tocante a Tierra Estella, consuela que es una de las comarcas menos afectadas de Navarra.

 

 

Gripe de 1918. El cartel dice: use una máscara o vaya a la cárcel.

 

Eduardo Martínez Lacabe, en su estudio sobre el cólera, engloba a la gente en dos grupos: los cobardes y los héroes. Yo voy a hacer lo mismo referido al pasado y al presente.

Entre los cobardes, los médicos, funcionarios, reyes y políticos que abandonaron sus casas y palacios dejando sola a su gente, o anteponiendo su corto interés personal o de grupo al de la colectividad. En la actual circunstancia del coronavirus, incluyo al expresidente del Gobierno que abandonó Madrid para instalarse en su chalet de veraneo en Marbella, y a su discípulo Pablo Casado. 

Entre los héroes, los médicos que antepusieron los preceptos hipocráticos a sus intereses, cuidando a las personas con riesgo de sus vidas, y a quienes pudiendo marcharse se quedaron para ayudar en sus vecinos. 

En este año 2020, considero héroes a la gente que en los hospitales se ha enfrentado a la enfermedad, con frecuencia sin las protecciones necesarias; a los servidores públicos que se han mantenido en su puesto; a los ciudadanos que han sido solidarios aceptando las normas impuestas, y a cuantos hacen posible que la vida siga. Sectores que por su exposición al virus lo están pagando caro. 

 

 

El 23 de marzo, un grupo de 15 trabajadores del Asilo San Jerónimo de Estella se confinaron en el centro para cuidar a los acogidos y evitar su contagio. Cuando escribo estas letras (09-04-2020) continúan todos sanos, lo que contrasta con los entre 3.500 y 7.000 fallecimientos que se han dado en las residencias de mayores de España.

 

Sobre estos héroes, en lo tocante a Estella voy a poner dos ejemplos: Durante la gripe del 18 se hallaba en Estella el joven médico Dr. Víctor Martínez Lope-García, de origen argentino, esperando a casarse con María Lizarraga, hija de Tirso Lizarraga, hacendado e industrial filipino que bajó el pueblo de Bearin a la carretera. Podía haberse aislado en la casa de la novia, pero empleó todo su tiempo y energía en combatir la gripe. El Ayuntamiento le reconoció la abnegada labor, el valle de Améscoa pidió al Gobernador Civil que le concediera la Cruz de Beneficencia (la misma Cruz pidió el pueblo toledano de Cebolla para el médico estellés Manuel Zalba Modet), y La Merindad Estellesa abrió una colecta popular para regalarle «un bastón de palo de malaca de la mejor clase, y el puño, en forma de cayado muy abierto y de oro de ley. En la parte inferior de la empuñadura se leerá esta inscripción: A D. Víctor Martínez Lope-García, el pueblo de Estella, agradecido a su desinterés, abnegación y caridad. Diciembre 1918». El bastón se le entregó el 15 de enero de 1919, con motivo de su boda, y aunque me entrevisté con su hijo, el Dr. Víctor Martínez Lizarraga, con la intención de fotografiarlo, no pude hacerlo pues desconocía su paradero.

El segundo ejemplo, los trabajadores del asilo San Jerónimo de Estella, que viendo cómo la epidemia empezaba a hacer estragos en residencias y geriátricos, desde el primer momento se confinaron con sus ancianos para evitar que el coronavirus los infectara. Fue la primera que lo hizo en España, de lo que merecidamente se ha hecho eco la prensa, radio y televisión nacional e internacional. Gracias a esa medida, nuestra residencia es una de las pocas –quizá única- de España en la que no ha entrado la epidemia. Gracias, trabajadores de San Jerónimo.

 

Nota: Salvo que cite otra fuente, información sobre la peste la he obtenido de “Los navarros ante el hambre, la peste, la guerra y la fiscalidad” y “La ira de Dios. Los navarros en la Era de la Peste (1348-1723”, de Peio J. Monteano

Respecto al cólera morbo, excepto lo referente a Estella, o cite otra fuente, procede de “La epidemia de cólera de 1855 en Navarra”, de Eduardo Martínez Lacabe.

Sobre la gripe de 1918, en lo tocante a Tierra Estella es del semanario La Merindad Estellesa publicado ese año.

 

abril 2020

 

 

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© Javier Hermoso de Mendoza