EL CARNAVAL II

(El carnaval rural: Lanz, Ituren y Zubieta, Goizueta, Unanua, Lesaca, Tudela, Vera, Alsasua y Varcarlos)

Con el apoyo, salvo contadas excepciones, de fotografías del Carnaval de Estella tomadas el viernes y el sábado 4 y 5 de febrero del presente año, ofrezco éste reportaje sobre el Carnaval rural que se celebra en diversos pueblos de Navarra.

Algunos, como Lanz, Zubieta e Ituren, y Unanua, lo celebran de manera muy similar a como lo hicieron sus antepasados.

Lo mismo se puede decir, dentro del universo vasco, con el Carnaval de Valcarlos y con las mascaradas suletinas (de Soule, en Zuberoa, uno de los territorios del País Vasco-Francés), las cuales tuvieron la ventaja de no haber sido nunca prohibidas.

El Carnaval de Vera del Bidasoa es una adaptación del de San Sebastián, y otros, como el de Estella (del que en otra ocasión hablaré) y el de Alsasua, son creaciones modernas que poco tienen que ver con los carnavales que se celebraban en esas poblaciones. El de Alsasua, en mi opinión, es una creación totalmente ex novo.

Esto, que lo señalo por rigor histórico, no es ningún demérito para esos carnavales (todas las formas han tenido un principio, y en su desarrollo han sufrido modificaciones de menor o mayor calado), sino todo lo contrario: gracias al esfuerzo e interés de unos pocos, se han creado representaciones de una gran calidad plástica, que merece la pena mantener y conservar.

Dado que en este reportaje expongo información de nueve carnavales distintos, para su mejor comprensión los agrupo haciendo coincidir fotografías y texto de cada uno de ellos.


Miel Otxin, acompañado de los txatxos, es paseado por las calles de Lanz.

El Carnaval de Lanz es el más importante y de mayor valor etnográfico de cuantos se celebran en Navarra y en todo el País Vasco-Español.

Muy estudiado por costumbristas y etnógrafos navarros como José Mª Iribarren o Julio Caro Baroja, con frecuencia se acercan personalidades extranjeras a estudiar sus ritos y significado.

Este año, por ejemplo, lo visitó el profesor emérito de la Universidad de Nueva York, Antonio Regalado, quién décadas atrás lo había presenciado en compañía de Julio Caro Baroja. En esta ocasión Regalado vino con su colega Samuel Kinser, profesor de la Universidad de Illinois y miembro del Center for Research in Festive Culture.

El de Lanz no escapó a la general desaparición de los Carnavales, pero tuvo la suerte de que había sido estudiado por Iribarren y Caro Baroja, quienes a su vez conocían la interpretación de miss Alford, la descripción del sacerdote Erasmo Garro, y un reportaje fotográfico sacado por José Mª de Huarte.


Fotografía tomada en Lanz. Los herradores caminan en busca del Zaldiko para herrarlo.

Cuando en 1964 los hermanos Julio y Pío Caro Baroja fundaron la productora "Documentales Folklóricos de España", uno de sus primeros objetivos fue filmar este carnaval.

Estando prohibidas esas celebraciones, pidieron permiso al Gobernador Civil de Navarra, y cuando acudieron al pueblo se encontraron con que, excepto algún anciano, nadie lo recordaba.

Tuvieron que pagar seis mil pesetas a los jóvenes del pueblo para que se prestaran a la reconstrucción del Carnaval, y gracias a esa pionera labor, a la filmación que hicieron, y a la repercusión que tuvo, hoy continúa celebrándose.


En el Carnaval de Estella, "Miel Otxin", acompañado de dos "Txatxos", en el desfile del sábado a mediodía.

El elemento principal del Carnaval es un gigante ancestral que hoy recibe el nombre de Miel Otxin, antiguo bandolero de esa zona, hoy fronteriza. Se trata de un muñeco confeccionado con una rama horquillada de unos tres metros de largo, sobre la que se configura el tronco y las piernas del muñeco, y a la que a modo de brazos se sujeta una rama transversal. Viste camisa enorme, faja roja, pantalones azules y polainas de cuero o goma, todo ello relleno de hierba seca. Lleva careta y alto gorro.

Le acompaña un elemento que nos trae recuerdos de totemismo: el Zaldiko (zaldi, en vasco, significa caballo), siempre perseguido y siempre retador, que no para de correr, saltar y atropellar. Le da forma una persona con el rostro tiznado de hollín o pintado de azulete. Lleva un sobrero de paja con las alas recogidas, y a la altura de las caderas porta un armazón de madera con una extremidad delantera en forma de esquemática cabeza de caballo, y otra extremidad trasera de la que sale el pelo de la cola de un equino.

Otro personaje es el Ziripot. Éste lleva todo el cuerpo, excepto brazos y cabeza, embutido en arpillera abarrotada de hierba o helecho, lo que le da un aspecto tremendamente obeso y dificulta su movimiento. Va enmascarado, y sobre su cabeza luce un pañuelo que le da un aspecto femenil. Este personaje, cuyo nombre está emparentado con el "martirio" (zipar), el "acabarse", o "morir" (zipertu, referido a las bestias), o el "tostar" y "abrasar" (zipildu), parece un recuerdo los ritos de iniciación a los que las sociedades antiguas sometían a los jóvenes.

Les acompañan los Chachos, o Txatxos. Personajes estrafalariamente vestidos, con caras y cuerpo cubierto de arpillera, trozos de colcha, de cortina, etc. Llevan pieles de ovino o vacuno sobre la espalda, y cubrían su cabeza con restos de pozales, cestas, o cedazos. Van armados de palos, escobas, horcas, etc., y tres o cuatro de ellos, en el papel de herradores, portan los instrumentos propios de su trabajo: calderas, tenazas, herraduras.

Antiguamente los Chachos llevaban pieles de corzo, lo que para Caro Baroja tiene un significado especial que no explica.


Los más pequeños de la ikastola, por decenas desfilan vestidos con atuendos que hoy se utilizan en Lanz.

Armando gran alboroto y lanzando furiosos y penetrantes aullidos, irrintzis (retador ulular característicos de los vascos) y lamentos, el lunes de Carnaval salen los Txatxos de la posada. Miel Otxin los acompaña indiferente, mientras que el Zaldiko arremete contra un Ziripot defendido por los Txatxos. El Zaldiko lo derriba con frecuencia, y el Ziripot exagera sus caídas haciendo en el suelo aspavientos con piernas y brazos. Molestos los Txatxos por el comportamiento del Zaldiko, en dos ocasiones lo cogen y sujetan para que los herradores lo calcen. Terminada la mañana, se retiran a comer.

El martes se repite la representación del día anterior. Por la tarde el Zaldiko y el Ziripot se quedan en la posada, y sale Miel Otxin acompañado por los Txatxos. Llegados a la plaza, apalean al gigante, lo juzgan, lo condenan, y con dos tiros de pólvora lo matan y derriban, ocasión que aprovechan los chicos para hacerlo pedazos. Deshecho el gigante, amontonan la hierba que contenía y le dan fuego, bailando niños, jóvenes y adultos alrededor de la hoguera.

Antiguamente acompañaban a la comitiva dos personas vestidas con ropa blanca de mujer, las cuales caminaban circunspectas y leyendo sendos libros. Una vez producida la condena, se escenificaba su confesión, estas dos mujeres le leían la Pasión, y los Txatxos se revolcaban en el suelo como si fueran plañideras.

Hay que hacer notar que, en su vestimenta, los que acompañan a los personajes principales cada vez utilizan prendas de mayor vistosidad y colorido, habiendo perdido, en parte, la austeridad de antaño.

Esta representación de Lanz entronca con otras tradiciones centroeuropeas, pues, en contra de lo que muchos pueden creer, la sociedad de la Edad Media, en la que tiene su origen, formaba un universo cultural bastante homogéneo, de manera que representaciones parecidas pueden rastrearse desde Portugal al Norte de Europa, teniendo fuertes asideros en la herencia griega y romana.


El "Zampantzar" de Ituren, desfila por el centro de Estella la mañana del sábado.

Los Zampantzar son otra forma de gran interés etnográfico. Los protagonistas afirman que acudiendo a la artimaña de variar y mantener en secreto la fecha de salida, este Carnaval se celebró durante los años de la pos-guerra, pero no creo que pudiera eludir la prohibición.

Hace varios años los jóvenes de esos pueblos se pusieron de acuerdo y decidieron salir el lunes y martes anterior al último domingo de enero. De esa manera el Zampantzar se ha convertido en el heraldo que anuncia la llegada del Carnaval.


El mismo Zampantzar visto por la espalda. Como puede apreciarse, no llevan los cencerros mudos, y el de la izquierda viste con la vestimenta del de Zubieta.

Los Zampantzar son dos grupos distintos, correspondientes a los pueblos vecinos de Zubieta e Ituren, y actúan con un número variable de individuos, generalmente no inferior a veinte.

Los de Zubieta visten camisa blanca y pantalón azul cubierto de enaguas, calzan abarcas y calcetines de lana, y llevan sobre los riñones una piel de oveja a la que sujetan dos grandes cencerros de unos cuarenta centímetros de longitud cada uno. Cubren sus cabezas con gorros cónicos de medio metro de altura, con encaje de puntillas en el borde inferior, cintas de colores en el cuerpo del cono, y plumas en el extremo. En la mano llevan una especie de escobilla de crin, a la que llaman "hisopo", y con la que hacen movimientos como si estuvieran hisopando el campo. Los precede un hombre con blusa, pantalón y boina negra, que hace sonar un cuerno y lleva una bolsa de la que saca dulces que introduce en la boca de la comitiva.


Después del encuentro, los zampantzares de Ituren y Zubieta pasean por éste último pueblo. Los de Zubieta cubren su cintura con una pelleta de oveja, y en los de Ituren la piel cubre toda la espalda.

Los de Ituren visten casi igual, con la particularidad de que cubren su espalda y hombros con una piel de oveja de la que cuelgan dos pequeños cencerros mudos.

De esa pequeña diferencia en el atuendo algunos autores deducen que los Zampantzar de Ituren salían en Primavera y los de Zubieta en Otoño. También se piensa que con sus cencerros e hisopo pretendían ahuyentar a las fieras que antiguamente rondaban sus campos (lobos, osos), a la vez que intentaban despertar a una Naturaleza que parece dormir durante el Invierno.

Toda su actividad consiste en visitarse mutuamente: los de Zubieta parten hacia Ituren, éstos les salen al encuentro, les acompañan, y al día siguiente les devuelven la visita.

Ambos grupos, al andar imprimen a sus riñones y nalgas un característico movimiento que hace sonar los cencerros produciendo un sonido sobrecogedor.

Antaño no se quitaban el atuendo en todo el tiempo en que duraba su actividad, por lo que se veían obligados a dormir bocabajo. Esa postura, y el tener que permanecer tanto tiempo con las sujeciones de los cencerros, les ocasionaba alguna dificultad respiratoria y muscular.


El zampantzar de Zubieta camina al encuentro del de Ituren.

El origen de la palabra Zampantzar, o Zampanzar, como antes se escribía, está en la forma romance "Saint Pansart", que tiene el mismo significado que "Sancto Panza" (en otros sitios "Sant Antruejo", "San Tragantón", o, como en Portugal, "Santo Entrudo"), a los cuales se quemaba en expiación por los días de gula y desenfreno que representaba el Carnaval. En este falso santo, que también celebraban los estudiantes en Salamanca, se basó el famoso hidalgo Miguel de Cervantes para dar nombre al escudero de Don Quijote, el orondo Sancho Panza, del que este año se cumple su cuarto centenario.

Viene en apoyo de este origen el que en diversas poblaciones vasco-francesas el "zampantzar" es un monigote con una gran panza que el tercer día de Carnaval se paseaba por las calles, y después de juzgarlo se quemaba en la plaza entre los gritos de dolor de su mujer y de otras plañideras.

En Uztárroz el "Saint Pansart" estaba representado por un gran muñeco que colgaban de los balcones, y al que llamaban Aitandi Txarko (Abuelo Txarko).

Así mismo, cuando un vasco quería expresar que una persona era gorda, glotona, ridícula y bufa, decía que parecía un "zampantzar".

Todo ello parece indicar que a los actuales Zampantzar debía acompañar un personaje de aspecto parecido al Ziripot, hoy desaparecido, y del que no queda más recuerdo que el nombre.

A estas comparsas también se les da el nombre de "Yoaldunak". En mi opinión, este nombre sólo se aplicaba a los miembros del Zampanzar de Ituren, por llevar cencerros mudos llamados "yoari" (Yoaldunak = los que llevan o poseen esos cencerros)


Un "zomorro" de Goizueta, con su odre a la espalda, las esquilas, y la cara tiznada.

En Goizueta, al igual que en Arano, Marquina, y otras poblaciones, los protagonistas son uno o dos carboneros con la cara tiznada, los ojos y la boca pintados de rojo, vestimenta azul y boina negra.

Llevan sobre su espalda un odre o pellejo del que cuelgan dos esquilas, y salen de una casa corriendo y provocando la espantada del público al que pretenden tiznar la cara restregándoles la suya.


En esta foto lo vemos pasando entre los miembros de la comparsa, quienes golpean entre si las varas, que en determinado momento descargarán sobre el odre, o pellejo.

Junto a ellos hace su aparición un grupo de jóvenes con ropa blanca, boina, pañuelo y faja roja, a lo que algunos últimamente añaden enaguas, los cuales reciben el nombre de Mozorrok.

Uno de ellos hace sonar un cuerno, y piden viandas por las casas, que después meriendan. Entre casa y casa bailan en dos filas, golpeando sus palos, y entre ellos pasa el que lleva el odre, al que en determinado momento golpean.

Sobre las cuestaciones conviene señalar que en ellas se toleraban pequeños robos, y parecen responder a un cierto "derecho de rapiña". En Valcarlos, por ejemplo, a un joven (masca) que llevaba la bolsa para el dinero, le acompañaba otro (sosa) que se encargaba de llevar prendidos de un asador el tocino y las longanizas, y un tercero, llamado "zorro" (axaria), que haciendo honor al nombre hurtaba huevos en los caseríos poco generosos.

En estos hechos ve Hornilla antiguos resabios del "fenómeno de la licantropía conocido en el mundo indoeuropeo antiguo", y afirma que en el Carnaval tradicional vasco se aprecian costumbres "pertenecientes a la iniciación heroica en el ámbito de las primitivas Sociedades Secretas de hombres"


Los "Iyuteak" de Unanua comprometen a la gente durante su exhibición en el paseo de Los Llanos de Estella.

El de Unanua es un disfraz más simple. Los Iyuteak visten pulgueros y camisas de franela blanca, fajas rojas y negras, y se adornan con cintas de colorines. Llevan un cinturón con cascabeles, y cubren la cara con máscaras de hierro. Portan una larga vara con la que pegan a cuantos niños, mozas o visitantes encuentran en su pueblo o en los pueblos vecinos, salvo que se arrodillen y les besen la vara.

En ocasiones les acompaña un personaje que viste de forma estrafalaria, oculta su rostro con una máscara de goma, y no lleva cascabeles, por lo que le llaman "el mudo".


Dos "saku-zaharrak" lesacarras pasean por las calles de Estella la mañana del sábado.

El pueblo de Lesaca rescató en los años 70 los Saku-zaharrak (sacos viejos). Éstos ocultan el cuerpo en sacos repletos de heno, y en sus manos llevan una botarrina (vejiga hinchada) con la que golpean a los espectadores.


En esta fotografía los vemos tirados uno sobre otro en el suelo, del que no se podrán levantar sin ayuda.

Tapan su cara con una arpillera agujereada a la altura de los ojos, y cubren su cabeza con sombrero de paja. De vez en cuando se sientan uno sobre otro, en un poyo o en el suelo, del que tienen que ser ayudados para poderse levantar.


En esta fotografía, correspondiente al Carnaval de la noche del viernes, vemos cómo intentan levantarlos, mientras los contempla una "lamia", una "mascarita", y una "mairu". Desde la bocacalle preside la escena un gigante demoníaco.

El primero y el último de la comitiva llevan sendas varas, y van por las tabernas bebiendo el vino que les ofrecen. Terminada la fiesta, se sujetan con las manos a una barra en la que antaño ataban las caballerías, y dejan que los niños los desnuden.


Aquí los vemos desfilando por Los Llanos de Estella mientras varias "mairus" corretean entre ellos.

A este cortejo acompañan las Mairus, personas disfrazadas de mujer, tocadas con sombrero ancho del que cuelgan cintas de colores que también lucen en el cuerpo.


Durante la mañana del sábado, dos "cipoteros" de Tudela exhiben su máscara y su bolsa de dulces en Los Llanos de Estella.

De Tudela llegan los Cipoteros. Personajes disfrazados que llevan una especie de saco o alforja desde la que reparten golosinas.


A la derecha, una boda veratarra y, tras la pareja, dos "cipoteros" de Tudela. Hay que observar que, en contra de lo que la costumbre impone (antes la mujer estaba excluida de participar en estas celebraciónes), hoy son las mujeres, más animosas y desinhibidas, las que ocupan el lugar que antes correspondía a los hombres.

En Vera del Bidasoa se forman dos hileras, una de mozos caracterizados de pastores, y otras de mozos disfrazados de nodrizas que llevan unos muñecos a modo de bebés. Bailan al ritmo de determinada música, y de vez en cuando, en medio de sonidos guturales, lanzas los muñecos al aire.

También celebran una parodia de boda, con simulación de corte de venas, y lanzamiento al aire de un cántaro que al caer se hace añicos (recuerdo de bodas gitanas). Celebrada la ceremonia, invitan a los asistentes a comer sopa de ajo.


En la noche del viernes, una cuadrilla de "momotxorrok" de Alsasua se dispone a salir.

Desde 1982 se celebra en Alsasua un carnaval peculiar y tenebroso cuya figura central son los momotxorrok. Estos llevan un pequeño cesto sobre la cabeza, cubierto de piel de oveja que cae sobre espalda y piernas, al que sujetan dos cuernos de vacuno, entre los que colocan un frontal (melena) de uncir los bueyes del que cuelgan trencillas y crines.


Uno de ellos ve una moza, y corre tras ella...

Visten calcetines blancos, y una camisa que, al igual que sus brazos, manchan con sangre. Llevan en sus manos un sarde u horquilla de madera con la que hostigan a la gente.


...para hostigarla golpeando el suelo con su sarde de madera.

Entre ellos van dos personajes que cubren su rostro con una máscara de piel de oveja, y uncidos a una especie de arado representan bueyes a los que guía un boyero provisto de una pértiga con la que los golpea a la vez que limpia el arado. A ellos les sigue otro personaje que echa ceniza por el virtual surco para despertar la energía de una tierra aún dormida, y otros personajes ("juantramposos") emparentados con los Ziripot y Saku-zaharrak.

Este número, a mi parecer, está tomado de la vecina localidad de Bacáicoa (también se puede ver en la Maragatería leonesa, así como en Inglaterra y varias naciones centroeuropeas), en la que los Kamarro jantzil, vestidos como los Saku zaharrak, arrastraban un arado antiguo y, al finalizar la fiesta, tenían que tirarse al abrevadero para que el resto de la comparsa no les diera fuego.


De negro, y con el rostro dorado con yemas de huevo, un grupo de brujas de Alsasua. Tras ellas, de azul, unos disfraces típicos del Carnaval estellés.

Acompaña el cortejo un grupo de brujas que se entrometen con la gente. Lo completa otro tipo de brujas aulladoras que emiten agudos susurros, llamadas Mascaritas, las cuales llevan cubrecamas multicolores fruncidas en la cabeza, bombachos, zapatos viejos y el rostro cubierto de puntillas.


Tras el macho cabrío, unos "juantramposos", unas "mascaritas", y unas brujas con antiguo tocado corniforme o faliforme.

Preside el cortejo un macho cabrío que simboliza a Lucifer.


Los "Volantes" de Valcarlos charlan animadamente antes de comenzar el Carnaval de la noche del viernes.

Terminaré el reportaje con el carnaval de Valcarlos, pueblo navarro cultural y geográficamente francés, que en la Pascua de Resurrección repetía la representación, siendo esta última fecha la única en que ahora se celebra.

Conocida hoy la fiesta como Bolant eguna (día de los Volantes), y antes como Axeri-besta (fiesta del zorro), la comitiva, cuyo reparto de papeles se hacía después de la fiesta de Reyes, se compone de un grupo de danzantes, cuatro jinetes o caballeros (zaldiak), cuatro carniceros (zapurrak), un tambor mayor (makilari), el jefe (gorri), el abanderado (banderari), y la cantinera (cantinari).

Los danzantes visten de blanco, camisa guarnecida con broches y cadenas cruzadas en la pechera, del canesú les caen cintas de colores que les llegan a las corvas. El pantalón lleva galones laterales de los que cuelgan cascabeles, sobre la cabeza llevan boina roja con pompones (antiguamente era un gorro de cartón adornado con flores de papel), y un palito con cintas de colores en la mano. Los jinetes visten guerrera con brandenburgués, pantalón blanco y botas de montar. El resto de los personajes van caracterizados.


Un caballero y la cantinera danzan en Valcarlos. Foto L. Otermin.

Bailan cinco números distintos de danzas, mas varias contradanzas de aire francés, e intercambian visita con el contiguo pueblo francés de Arnegui. En él, después de la representación aparecen dos personajes harapientos y estrafalarios (el "pastor" y la "vieja"), tocados con sombrero mugriento cubierto de punzantes ramas de espino. En la mano llevan un pequeño látigo (zar-pila) formado por un palo de dos o tres palmos del que pende una cuerda rematada por varios nudos recubiertos de trapos humedecidos.

La pareja se coloca en el centro de la plaza, asidos por la mano izquierda, y mirando en sentido contrario. A un redoble de tambor, solos o en grupo se echan sobre ellos los mozos del pueblo para quitarles el disfraz y el tocado, lo que suelen impedir la pareja utilizando el pequeño látigo.

Esta comparsa también sale con motivo de los "charivaris" (Karrosak). Cuando en el pueblo ocurre un suceso que atenta a las costumbres (embriaguez con escándalo, pegarse los esposos, atropello a una moza, faltar el respeto a los padres, etc.), se organiza una función satírica de desagravio en la que participan el juez (yuyia), el secretario (grefiera), el defensor (kidria), el cura (apeza), los monaguillos (bereterrak), el alguacil o correo (kurriera), y el coplista (bersuari). A ellos se suman las personas satirizadas, con vestidos y atributos relacionados con el suceso, y representadas por las personas más risibles del lugar.


Los gigantes ocupan un lugar importante en el Carnaval navarro. Estos de Estella, dos con atributos y vestimenta real, y otros dos campesinos, tienen su equivalente más próximo en los dos gigantillos que acompañan a los "Volantes" de Valcarlos. La mayor diferencia estriba en que aquellos representan a dos mujeres.

Se celebra en un escenario en el que se reproduce lo más fielmente posible el lugar del escándalo. Los testigos describen grotescamente el hecho al juez, mientras que los coplistas los acompañan con versos. Seguidamente, invirtiendo los papeles, el defensor imputa equivocadamente nuevos agravantes, y el cura los excusa y propone alguna fórmula de arreglo. Cuando el juez va a dictar sentencia, encuentra que le faltan pruebas y manda al alguacil a por ellas, saliendo éste a caballo.

Entonces se produce un intermedio en el que los volantes bailan, y cuando éstos acaban aparece el alguacil. Antiguamente, la pena la sufría un gato vivo, al que rociado de líquido inflamable se le daba fuego.

Descontado el salvaje hecho de quemar al gato, asombra el profundo saber de un pueblo que, sin detenerse en el castigo, ridiculizaba la trasgresión y a sus agentes para evitar que hechos parecidos volvieran a repetirse.


Por si el reportaje no les anima a visitarnos en los Carnavales de los próximos años, acepten la invitación de los personajes de ésta fotografía, y contemplen el espectáculo, con máscara o sin ella.

Para saber más:
         "El Carnaval", de Julio Caro Baroja.
         "Carnavales de Navarra", de Francisco Javier Tiberio.
         "El Carnaval Vasco interpretado" de Txema Hornilla.

Febrero de 2005

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© Javier Hermoso de Mendoza